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Kamala ha decidido presentarse como la candidata del cambio con quien va a llegar una nueva era para EE.UU.
La carrera electoral estadounidense acaba de entrar en el frenesí de los dos últimos meses previos al 5 de noviembre, día en que sus ciudadanos definirán en las urnas para dónde quieren que vaya el país. Y tanto la demócrata Kamala Harris como el republicano Donald Trump se observan con cautela mientras sus equipos de campaña desarrollan estrategias que buscan quitarle terreno a su contrincante.
Harris lidera las encuestas, que indican que está por encima de Trump en tres de los seis estados bisagra (swing states), esos que lo deciden todo en la recta final. Tal parece que esto se debe al apoyo de mujeres, afroamericanos y jóvenes que se han contagiado por el entusiasmo y la energía positiva de su candidatura. Sin embargo, la diferencia que le lleva al candidato republicano está dentro del margen de error y los prospectos de crecimiento de la demócrata parecen estar llegando a su límite.
Tal vez por eso Kamala ha decidido irse al centro, presentarse como la candidata del cambio con quien va a llegar una nueva era para Estados Unidos. Y pese a que quiere continuar con varias de las políticas de Biden, marca distancias de él a la vez que defiende el Gobierno del que forma parte. Este ejercicio de funambulismo, delicado y frágil, tendrá que saberlo defender con vehemencia cuando se enfrente el próximo martes al primer debate televisado con Trump. La experiencia en Estados Unidos ha enseñado que ese tipo de enfrentamientos mueven el piso electoral y generan sorpresas tan grandes como la renuncia de Joe Biden después del desastroso desempeño que tuvo en el debate presidencial del pasado 27 de junio.
La energía positiva que han despertado Harris y su fórmula vicepresidencial Tim Walz es potente y contagiosa, pero en su campaña saben que así como se encendió puede apagarse. La ola de ilusión que desató su candidatura se mantiene y así lo confirma la última encuesta Gallup que concluye que los estadounidenses están más entusiasmados para votar en estas elecciones: 69% frente al 54% de marzo, y en el caso particular de los demócratas han pasado del 55% al 78%.
Hasta ahora el mensaje de Harris ha sido optimista, patriota y de defensa de la libertad, pero le llegó el momento de revelar su verdadero ideario político. En la entrevista que concedió a CNN la semana pasada tuvo que aterrizar sus mensajes y explicar por qué ha tenido cambios de postura respecto a su primera candidatura en el 2019 en aspectos como la inmigración y la emergencia climática.
Ahora se le escuchan puntos de vista más duros sobre la inmigración y el trato ilegal de personas en la frontera mexicana. Y también cambió de opinión respecto al fracking, un método de producción de energía que crea mucho empleo en Pensilvania, uno de esos estados decisivos para las elecciones de noviembre. Otra pista más de su giro de la izquierda hacia el centro es que anunció que podría nombrar a un republicano en el gobierno porque busca consensos, aunque para tranquilizar a su electorado asegura que sus valores siguen siendo los mismos. Ejemplo de lo anterior es el énfasis que hace en las políticas para apoyar a la clase media con ayudas directas para pagar la cuota inicial de una hipoteca o los límites a los precios abusivos, aunque habrá que ver cómo pasa del dicho al hecho.
El caso es que en estos momentos el pragmatismo electoral obliga tanto a Harris como a Trump a buscar posturas que satisfagan a la mayor parte de sus posibles votantes y que no los asusten. Se sabe que el candidato republicano es fuerte en economía e inmigración, los dos temas que más preocupan a los votantes, aunque su temperamento lo traiciona constantemente pese a los consejos que recibe de sus asesores de campaña. Sus golpes bajos machistas y misóginos desde su red social Truth así lo demuestran, y aunque por momentos parece descolocado, no se ve derrotado ni por un solo segundo.
Por su parte, Kamala Harris tendrá que buscar más contundencia y aprender a no divagar como lo hace su rival si quiere salir airosa del debate organizado por la cadena ABC para el próximo 10 de septiembre. Su estrategia de llevar a los demócratas más hacia el centro es una apuesta válida que puede funcionar, pero no tiene nada ganado todavía.