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Soy un colombiano viajando más de cuatro mil kilómetros para ver a los dinosaurios del rock. Una cita pospuesta, una cita soñada y reveladora en mi formación sentimental como ser humano. El anunció aparecía por todo lado, The Rolling Stones en la gira Hackney Diamonds, y luego de un intento fallido por verlos en Bogotá, la suerte estaba de mi lado.
Se acercaba el verano en Estados Unidos, y ese aire vaporoso traía consigo la promesa de una experiencia que cambiaría mi vida y por eso la primera persona de esta narración, que espero los sumerja en uno de los viajes musicales más importantes de mi vida.
Como periodista musical he tenido la suerte de cubrir muchos conciertos y festivales, pero este no sería un cubrimiento, sería la revancha a la existencia y el regalo al espíritu, ver a The Rolling Stones, no la banda más importante de mi vida, pero sí la banda viva más longeva de la historia, desde el año 1962, superando a otros proyectos como The Who, Scorpions, Jethro Tull, Fleetwood Mac y Deep Purple. Además, con esta gira, presentan su nuevo disco, Hackney Diamonds, que publicaron después de 18 años de no publicar un disco propio. Ocasión especial y de celebración.
Los Rolling Stones, la legendaria banda que definió una era, estaba a pocos minutos de salir a tocar en el Gillette Stadium. Sesenta mil personas esperaban para vibrar con el baile juvenil de Mick Jagger y las guitarras características de Keith y Ronnie.
En cada gradería, se veía un mar de camisetas negras y lenguas rojas, el icónico logo de los Stones visible a donde mirara.
Cuando las primeras notas de Start Me Up resonaron, la multitud estalló en un estruendo ensordecedor. Casi sin aviso, aparecieron los dinosaurios del rocanrol sobre el escenario. Ahí estaban, Mick Jagger, Keith Richards y Ronnie Wood, en carne y hueso, emanando una energía que desafiaba su edad y a esa mole de estadio que los cobijaba. Jagger, con su característico movimiento de cadera y carisma inagotable, tenía al público comiendo de su mano. Richards y Wood intercambiaban solos de guitarra con una maestría que sólo décadas de experiencia pueden ofrecer, mientras todos extrañabamos a Charlie Watts, en esa batería, con ese ritmo impecable.
Cada canción que presentaron, una tras otra, casi sin hablar, se convirtió en un viaje en el tiempo. Paint It Black, Gimme Shelter, Sympathy for the Devil, Un coro de miles de voces unidas en devoción. Alrededor, veía rostros de todas las edades, generaciones unidas por la música que ha sido la banda sonora de tantas vidas.
Uno de los momentos más memorables fue cuando tocaron Wild Horses. Las luces del estadio se apagaron, dejando solo los destellos de miles de teléfonos iluminando la noche. La capacidad asombrosa de los Stones para dar con los versos exactos, es la base de toda la discografía de esta banda que amamos. Este fue un instante de conexión pura entre la banda y su público, un recordatorio de por qué los Rolling Stones han perdurado a lo largo de los años.
Luego de dos horas, el concierto culminó con Satisfaction, el himno que ha definido a la banda durante décadas. La euforia en el estadio alcanzó su punto máximo. Se despidieron, con la reverencia ante miles y miles de aplausos y yo, entre lágrimas, caigo en cuenta de haber presenciado un hecho histórico en esta vida eterna de los Rolling Stones.
Esa noche, Boston rugió con la voz de los Rolling Stones, y yo tuve la suerte de estar allí para contarlo.