Pico y Placa Medellín
viernes
1 y 5
1 y 5
Las niñas podrían haber reclamado su derecho a usar la cancha por turnos o a pedir equipos mixtos, pero no lo hicieron... están tan acostumbradas a ser relegadas que ni siquiera se les pasa por la cabeza reclamar su derecho a la equidad.
Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo
Asistí en estos días a una reunión familiar con más de 160 invitados. Por favor entiéndanme: soy paisa y aquí las familias suelen ser numerosas, unidas y bullosas. Como se imaginarán, había un montón de menores de edad, razón por la cual, en la manga principal, improvisaron una cancha de fútbol para entretenerlos. Apenas vieron el balón, los niños armaron equipos.
Las niñas también querían jugar, pero ningún equipo las admitía, además, el juego se tornaba más brusco y los papás temían que las aporrearan. Después de mucho buscar, lograron hacerse a una pelota plástica (el balón profesional permanecía en la cancha), ahora solo faltaba que encontraran su propio lugar para chutarla.
Intentaron en otra zona verde, pero rápidamente las quitaron de ahí porque había muchas plantas y podían dañarlas. Se metieron después a un patio de piedra picada y a los papás les pareció peligroso que se tropezaran y se rasparan. Luego se dirigieron al parqueadero, pero también las echaron porque qué tal que le dieran un balonazo a un carro y le hundieran la lata o le rompieran el vidrio.
Aunque dieron muchas más vueltas, voy a ahorrárselas porque el final sigue siendo el mismo: las niñas nunca pudieron jugar fútbol. Sin embargo, eso no es lo peor, lo peor es que había un centenar de adultos y nadie se dio cuenta de la inequidad en la zona de juegos.
La escena lleva tantos años repitiéndose, en tantos ámbitos, que termina por volverse paisaje. Las niñas podrían haber reclamado su derecho a usar la cancha por turnos o a pedir que establecieran equipos mixtos, pero no lo hicieron porque están tan acostumbradas a ser las relegadas que ni siquiera se les pasa por la cabeza reclamar su derecho a la equidad.
Desaprender lo que te han vendido como normal lleva su tiempo. Y no hablo solo de quién tiene derecho a jugar fútbol. La escena me hizo acordar de una gráfica que estuvo rodando hace un tiempo por redes sociales. Dos arquitectas polacas asistieron, durante un año entero, al patio de un colegio mixto durante la hora del recreo. En azul dibujaron los recorridos de los niños y en rojo los de las niñas.
Al final compararon las gráficas: mientras el azul se concentraba en las canchas y se expandía ampliamente por todo el patio, el rojo se arrinconaba a un costado. Es impresionante, de hecho, recuerdo que cuando vi la gráfica me pareció exagerada. Claro, yo estudié en un colegio solo de mujeres, lo cual me impidió empatizar con el problema que pretendían mostrar las arquitectas.
Por eso, el día de la reunión familiar vine a entenderlo todo. Y me quedé muy triste porque no se trata de que yo lo entienda, ni de que los papás lo entiendan, ni de que los recreacionistas y educadores lo entiendan, ni siquiera, se trata de que las niñas lo entiendan. Hasta que la sociedad entera no lo haga, la inequidad no va a disolverse.
Ni en el fútbol, ni en la vida.