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Sigamos con los atropelladores a motor. A mí me gusta mucho caminar e intento hacerlo lo que más puedo, pese a lo poco amigable que es esta ciudad con los peatones.
Por SARA JARAMILLO KLiNKERT - @sarimillo
Hace muchos años fui con unos amigos hasta el paso de cebra de Abbey Road para replicar la típica foto del álbum de los Beatles. Sin embargo, apenas llegamos, lo que nos impactó a todos no fue el paisaje que habíamos visto tantas veces en la cubierta del álbum, sino darnos cuenta de que allí los conductores siempre, siempre, pero siempre se detenían para darle paso a los peatones. El juego era el siguiente: elegíamos un carro lujoso y fingíamos que no íbamos a cruzar, pero un segundo antes de que el carro pasara, poníamos un pie en la calle y lo obligábamos a detenerse. Comprendan bien: éramos jóvenes, éramos colombianos y no estábamos acostumbrados a que los seres humanos pudieran ser más importantes que un carro. Colombia es un país de atropelladores. Basta conducir cualquier cosa con motor y ruedas para creerse el dueño de la calle e incluso de la vida de quienes pretenden cruzarla. Lo peor de todo es que la mentalidad de atropelladores trasciende las vías y se manifiesta en muchos otros ámbitos: son atropelladores los que se cuelan en la fila, los que imponen su música y su ruido, los que no dejan hablar, los que parquean mal, aquellos que, con una pizca de poder, creen que pueden pasar por encima de todo el mundo. También los que te roban la mochila con la cámara fotográfica, tal y como me ocurrió a mí después de que regresé. Por eso me quedé sin la foto.
Pero sigamos con los atropelladores a motor. A mí me gusta mucho caminar e intento hacerlo lo más que puedo, pese a lo poco amigable que es esta ciudad con los peatones. Ni hablemos de la ausencia o discontinuidad de las aceras porque daría para otra columna entera. Por supuesto, sé que ya no vivo en Londres sino en Medellín y estoy lo suficientemente curtida para saber que aquí un conductor, apenas ve a una persona intentado pasar la calle, mira para otro lado y acelera, en vez de cederle el paso. Varias veces he estado hasta tres minutos intentando cruzar sin que nadie, absolutamente nadie, se digne a detenerse. Hagan la cuenta: en tres minutos de tráfico continuo pueden pasar más de cien carros, es decir, cien conductores que, pudiendo parar, toman la decisión consciente de no hacerlo. Hace poco noté algo más inquietante o más triste, ya ni sé. Dentro de la zona de circulación de vehículos de un centro comercial tuvieron que poner a un empleado para hacer respetar el paso de cebra que comunica el parqueadero con la zona de comercio. No sé si me están entendiendo: una persona recibe un sueldo, única y exclusivamente, para obligar a los carros a detenerse.
Y sin embargo, aunque parezca imposible, hay algo aún peor que los atropelladores. A Huesos Arturo, uno de mis perros, lo arrollaron hace como un mes. El conductor se fugó después de pasarle el carro por encima y dejarlo herido en plena vía. Ni siquiera se detuvo cuando me vio gritando y corriendo para ir a auxiliarlo. Ya ven, con lo despreciables que son los atropelladores y resulta que hay personas peores: las indolentes. A ellas, de verdad, les deseo un hueco en el infierno.