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Madurar no es más que reírse de las antiguas preocupaciones con el fin de poder abrirle espacio a las nuevas. Intento aceptar a la señora que me habita y yo no reconozco.
Por SARA JARAMILLO KLINKERT - @sarimillo
Hoy, siete de julio, declaro que estoy en paz con mis antiguas preocupaciones. Lo sé porque soy capaz de reírme de ellas. Estoy cumpliendo años. Me gusta mi voz aunque siga siendo tan ronca. De niña evitaba contestar el teléfono porque siempre me confundían con mis hermanos.
Hoy sigo sin hacerlo por otras razones y, quién lo creyera, pero existe una gran diferencia entre ambas formas de no contestar. Calzo cuarenta y mis zapatos son inmensos. Aún cuento con los dedos, aún me río mientras lo hago, jamás me dan las cuentas. No distingo la derecha de la izquierda, ni el norte del sur, lo cual quiere decir que, literalmente, no sé dónde estoy parada y fíjense que tiene su encanto, vivir perdida me obliga a descubrirme a cada rato.
Hoy escribo mucho más que antes, pero sigo sin entender mi letra y cuando escribo en el computador utilizo solamente dos dedos. Ya me reconcilié con la idea de ser una escritora que, técnicamente hablando, no sabe escribir. Madurar no es más que reírse de las antiguas preocupaciones con el fin de poder abrirle espacio a las nuevas.
Intento aceptar a la señora que me habita, esa extraña que, a veces, me mira desde el otro lado del espejo y yo no reconozco, la que tiene más plantas que amigos y sin embargo, sigue robando piecitos de todas partes. Dice que muchos árboles, muchos perros y muchos gatos nunca son muchos, que siempre hay espacio para alguno más. Casi no sale de casa y no por falta de planes sino por porque la bulla la agobia, detesta los trancones y jamás encuentra donde parquear.
Se acuesta temprano y se levanta tarde, por lo general, con algún dolor nuevo. Cada vez tiene más medicinas sobre el nochero. Ya no ve de cerca sin gafas. Le pone banano a los pájaros y los regaña cuando se lo comen muy rápido. Predice la lluvia de acuerdo a las nubes y al canto de las guacharacas. Siempre creyó que a esta edad iba a tener la vida resuelta y a tomar mejores decisiones.
Creyó, sinceramente, que iba a ser más fuerte. Mentira. Los años no hacen fuerte a nadie sino todo lo contrario. Llora mucho más que antes. A veces con motivo, a veces sin motivo, pero siempre con ganas. Sus antiguas preocupaciones le parecen tonterías: la ronquera, el pie grande, la desorientación, escribir con dos dedos. Hoy tiene otras nuevas: las patas de gallina, la tiroides, el maltrato animal, las plantas, el ruido de las guadañas, el calentamiento global.
Ojalá algún día pueda reírse de ellas. Se pregunta si cuando eso ocurra significa que ha madurado, como si no supiera que las únicas que maduran son las frutas, los demás seremos niños por siempre: más grandes, más tercos, más arrugados, más precavidos, más mañosos, más preocupados.
Dice Ignacio Novo: «Nunca olvides que los años que tienes son, en realidad, los años que ya no tienes. Los únicos años que tienes son los que te faltan por vivir». Sinceramente no sé si desearme un feliz cumpleaños.