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Las posibilidades de una casa

Una casa es más que una casa: es esfuerzo, aliciente, tranquilidad, refugio, cultivo intelectual y, quien lo creyera, libertad. Todo depende del ángulo desde donde lo mires.

18 de agosto de 2024
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  • Las posibilidades de una casa

Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo

Puede ser que los nómadas hayan dejado de serlo cuando comenzaron a cultivar la tierra. Rousseau afirmaba que la civilización nació cuando la especie humana empezó a levantar barreras, incluso a sabiendas de que más barreras significaban menos libertad. Aun así, los humanos aceptamos el pacto, delimitamos, pusimos cercas y ladrillos, comenzamos a soñar con una misma cosa: comprar una casa.

Tras ganar la medalla de plata en los juegos olímpicos de París, el pesista Yeison López declaró: «Tengo que comprar una casa propia, comprársela a mi mamá para que no tenga que pagar arriendo, que vivan tranquilos mis padres y mis hermanos». La casa como símbolo de esfuerzo. Mientras lo escuchaba en la radio pensaba en todos los deportistas latinoamericanos que han declarado exactamente lo mismo tras obtener una victoria. Pensaba en uno de los tomos de la autobiografía de Deborah Levy titulado Una casa propia.

En él, la autora narra la frustración que le genera haber llegado a los sesenta años sin haber logrado comprar un lugar propio en donde vivir, pese a ser una autora premiada y ampliamente reconocida en el Reino Unido. «Llevo toda mi vida cargando con esa casa dentro de mí», le confesó un día a una de sus amigas. «Pues entonces debe pesarte mucho ¿Por qué no la sueltas?», le sugiere, a lo que Levy responde: «Jamás. Sin la esperanza de esa casa me derrumbaría». Esto es, la casa como aliciente y posibilidad.

También pensaba en Virginia Woolf y su famosa frase: «Toda mujer debe tener un cuarto propio y quinientas libras al año». De manera que para Rousseau encerrarse significaba perder la libertad, mientras que para Woolf era todo lo contrario, lo cual habla de cómo un mismo concepto puede tener significados opuestos de acuerdo al género y la edad. Alguna vez supe de una fundación que regala casas a familias de escasos recursos y la recomendación de los trabajadores sociales es que los cuartos de las niñas deben tener puerta y seguro.

Saquen ustedes sus conclusiones. Yo creo que no basta con tener un cuarto o una casa propia, debes poder controlar quién entra y quién sale de ella. Por increíble que parezca, para muchas mujeres, encerrarse, significa poder vivir libres y tranquilas. La casa como guarida. Imposible no pensar también en Jane Austin para quien una casa no era suficiente: «Cuando tenga una casa propia seré desgraciadísima si no tengo una gran biblioteca», decía. La casa como lugar de cultivo intelectual.

En lo que a mí respecta no pierdo la esperanza de tener mi propia casa. Aunque mi madre me diga la suya es mía, aunque mi pareja me haga sentir dueña del espacio en que vivimos juntos, aunque muchos asesores financieros aseguren que es mal negocio, aunque las nuevas generaciones proclamen las bondades del nomadismo que reinventaron, yo sí creo que hay que tener un lugar en donde encerrarse cuando una quiera estar sola, un lugar del cual irse y, sobre todo, al cual volver cuando las cosas se pongan difíciles.

Porque una casa es más que una casa: es esfuerzo, aliciente, tranquilidad, refugio, cultivo intelectual y, quien lo creyera, libertad. Todo depende del ángulo desde donde lo mires.

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