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La victoria de los zombies

Nos aqueja un cansancio fundamental acumulado por años de autoexplotación disfrazada de productividad.

30 de junio de 2024
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  • La victoria de los zombies
  • La victoria de los zombies

Por sara jaramillo klinkert - @sarimillo

Tengo la intuición de que quedan pocos seres humanos. Los distingues por su caminar sin afanes, siempre con los ojos muy abiertos, admirando todo como si fuera la primera vez. Fíjate en la forma que tienen de escuchar lo que les cuentas, de emocionarse con las cosas más pequeñas, de proteger el entorno que los rodea. A veces los delata su sonrisa, a veces su propio jardín. «Si quieres ser feliz un día consigue un amante, si quieres ser feliz un año cásate, si quieres ser feliz el resto de la vida hazte jardinero», me dijo la semana pasada el dueño del vivero a dónde fui a comprar árboles. Intento hacerle caso, él es uno de ellos. No saben de afanes, ni de labores odiosas que se roban el alma y el sueño. Trabajan para vivir en vez de vivir para trabajar. Insisto, quedan pocos humanos, los demás somos zombies o estamos en transición a serlo. No tengo pruebas, pero tampoco dudas.

Leí hace poco un relato de Karina Sumner Smith titulado Cuando los zombies ganen. La autora relata lo que va a ocurrir cuando los zombies descubran que se han extinguido los humanos, lo cual sólo significa una cosa: los zombies han ganado la batalla. Sin embargo, los ves por ahí deambulando con una prisa asincrónica y mecánica, con la mirada vidriosa y la mente ajardinando nimiedades que ahora parecen urgentes pero que, algún día, no le importarán a nadie. «Perdidos y sin rumbo, los zombies mirarán alrededor como buscando un líder que los guíe, pero no lo encontrarán, porque, entre los zombies, el único líder es aquel que, por casualidad, camina delante de ellos (...) No encontrarán consuelo en sus semejantes, no redescubrirán conceptos como la amistad ni la camaradería. No recordarán lo que son la compasión, la empatía ni la humanidad. No aprenderán ni soñarán, ni siquiera sabrán que no pueden hacerlo», dice el relato.

Pienso en los que tienen ojos nada más que para una pantalla fría y plana. Pienso en los que están tan cansados que se quedan dormidos a ochenta kilómetros por hora en la carretera. Pienso en la imagen de un hamster desplomado sobre una rueda que no para de girar y entonces caigo en cuenta de que ese hamster somos todos. Nos aqueja un cansancio fundamental acumulado por años de autoexplotación disfrazada de productividad. Pienso en cómo posteamos la vida que soñamos y no la que poseemos y en que la una no necesariamente tiene que ver con la otra. Igual no importa: los zombies tienen ojos pero no ven; tienen oídos pero no escuchan, tienen boca pero no opinan. No se concentran, nada los emociona, han perdido la capacidad de asombrarse. «Nunca volverán a pensar—dice la autora— nunca conocerán el significado de las palabras que tratan de pronunciar y que revolotearán eternamente en los límites de su memoria, siempre en la búsqueda de lo que se les ha arrebatado, aquello que se le ha concedido a otros: parar, dormir, descansar», justo lo que tuvimos nosotros cuando éramos humanos, antes, mucho antes de convertirnos en los zombies que ganaron la partida y ahora están tan atontados que ni siquiera saben qué hacer con la victoria.

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