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La pobreza sigue incidiendo especialmente en las mujeres, los jóvenes, la población sin educación, desempleados, trabajadores informales y sin seguridad social.
Por Mauricio Perfetti del Corral - mauricioperfetti@gmail.com
El Dane publicó la semana pasada, con varios meses de retraso, los datos de pobreza monetaria. De acuerdo con dicha publicación la incidencia de la pobreza monetaria pasó de 36,6% a 33.0% entre 2022 y 2023 respectivamente, es decir una reducción de 3,6 puntos porcentuales la cual estuvo especialmente determinada por la reducción en la pobreza de las zonas rurales, al pasar de 45,9% a 41,2% (reducción de 4,7p.p.). Pese a dicha reducción, la pobreza rural continúa situándose 8,2 p.p. por encima de la pobreza total. Es decir, la pobreza recae especialmente en los hogares rurales.
Por su parte, la pobreza monetaria extrema pasó del 13,8% al 11.4% entre 2022 y 2023 respectivamente. La pobreza extrema en la década anterior previa a la pandemia había logrado reducirse a niveles muy inferiores al 10,0% lo cual denota el reto que tiene por delante la política pública del gobierno del cambio.
La pobreza se redujo debido al aumento de la ocupación durante el año 2023 a pesar de un bajo crecimiento económico (0,6%), causalidad que como advierte Kalmanovitz no es suficientemente clara. El Dane realizó cambios metodológicos en la medición de pobreza al utilizar nuevos registros administrativos; es importante que dicha entidad, de la mano del Comité de Expertos en Pobreza, busque cómo empalmar las cifras anteriores a la pandemia para que haya una adecuada comparabilidad en las series.
La pobreza continúa distribuyéndose de manera muy desigual entre las ciudades del país: 12 presentan pobreza monetaria por encima de la pobreza total; en el caso de las 23 ciudades capitales y Áreas Metropolitanas (AM) se destaca el 60,1% de Quibdó, ciudad con mayor pobreza; además, casi la tercera parte de la población en condición de pobreza se encuentra en las siete principales ciudades y AM. Nueve ciudades tienen pobreza extrema por encima del total nacional, y también Quibdó presenta la mayor incidencia de pobreza extrema (28,0%). Lo anterior constituye un reto para alcaldes y gobernadores y amerita una revisión juiciosa de cómo se reparten los recursos y las funciones entre la Nación y las entidades territoriales. La pobreza sigue incidiendo especialmente en las mujeres, los jóvenes, la población sin educación, desempleados, trabajadores informales y sin seguridad social.
El presidente el pasado 20 de julio planteó que llegó la hora de realizar la reforma agraria. Reducir la pobreza rural no será posible con solo una reforma agraria pues no basta entregar baldíos para ponerlos a producir. El Censo Agropecuario de la década anterior mostró muy bien las falencias del campo más allá del problema de acceso a la tierra: la capitalización es baja lo cual se expresa en bajos niveles de inversión y uso de maquinaria, de equipos e infraestructura para almacenamiento, cosechas, empaque y comercialización, falta de distritos de riego, baja asistencia técnica y falta de modernización en la comercialización. Es decir, se requiere un enfoque de desarrollo rural integral, sin el cual la reforma agraria será una quimera, así como la reducción de la pobreza rural.