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Por su propia naturaleza y por altos valores inculcados a partir del ser y hacer en la familia, puede suceder que el hombre en su recorrido vital anhele convertirse en juez. Se siente juez, porque es el llamado a dirimir conflictos.
Por LUIS FERNANDO ÁLVAREZ - lfalvarezj@gmail.com
Primero en la infancia, después en la adolescencia y la juventud, la vida se alimenta de sueños, de esperanzas, de fantasías que se estructuran y crecen a medida que los años van cubriendo el llano de nuestro sendero. Soñamos con la grandeza de la patria, pensamos en los imposibles que aparecen como posibles, visualizamos el futuro como una quimera que está a nuestro alcance, anhelamos llegar a una meta que por momentos es brillante y real, mientras que en otros instantes aparece como esquiva y nublada.
La vida trascurre y los sueños se transforman en realidades vivientes o en dolorosos imposibles. Sin embargo, en nuestro recorrido vivencial, siempre aparecerá el sueño por lo realizable. El niño que quiere ser doctor, el joven que desea ser literato, aquel que prefiere el arte, el otro que se desvela por la justicia, en fin, quizás hasta encontramos en el camino, el amigo que por los infortunios de la vida, prefiere no soñar o cree que no debe aspirar.
Por su propia naturaleza y por altos valores inculcados a partir del ser y hacer en la familia, puede suceder que el hombre en su recorrido vital anhele convertirse en juez. Se siente juez, porque es el llamado a dirimir conflictos. Es el joven a quien en la entrevista de ingreso a la universidad, se le indaga acerca de las razones por las cuales quiere estudiar derecho y responde que le encantaría ser juez, para aplicar justicia en una sociedad mejor, sin dejar que la realidad de la vida y las necesidades sociales, desdibujen de manera profunda y en ocasiones peligrosa, las razones profundas de su especial vocación.
Precisamente por su genuina y alta motivación, es dolorosa la partida de un hombre que optó por ser juez, no porque fuera un modo de ganarse la vida o de hacerse a una posición social, sino porque ser juez, significaba tener vida, ser el depositario de una gran virtud: Capacidad y sapiencia para dirimir los conflictos que genera la convivencia social.
Luego de una corta enfermedad, sufrida con santa paciencia y estoico vigor, partió hacia la Pascua del Señor, el Doctor Jorge Octavio Ramírez Ramírez. Jorge Octavio, o “el profesor” como también le llamábamos, mostró desde su ingreso a la facultad de derecho de la Universidad Pontificia Bolivariana, que para él la judicatura no era una profesión, no era un trabajo. Era mucho más. Era un mensaje de vida. Era su vida misma. Ser Jorge Octavio, ser abogado, ser juez, significó para él la construcción de una bella sinonimia.
Después de haber desarrollado su carrera judicial en todos los niveles, desde juez municipal hasta magistrado y presidente del Consejo de Estado y de haber servido en entidades tan importantes como EPM, el Dr. Ramírez terminó su gran obra laboral y vivencial como decano de su Facultad de derecho, demostrando que el juez también imparte justicia cuando transmite su vocación a nuevas generaciones.