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La democracia, definida en su forma más simple por el presidente Lincoln como el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, exige como presupuesto fundamental que exista pueblo.
Por Luis Fernando Álvarez Jaramillo - lfalvarezj@gmail.com
Para Latinoamérica, es válida aquella afirmación de que la democracia es la mejor entre las peores formas de gobierno.
En una sociedad heterogénea, desarticulada, desigual, con altos índices de corrupción y polarización interesada, es casi imposible asegurar una forma óptima, o por lo menos una forma adecuada de gobierno; sin embargo, el modelo de gobierno democrático con estructuras jerarquizadas y centralizadas, y con una participación más o menos libre de alguna parte de la sociedad, ha permanecido como el modelo más adecuado para la administración y desarrollo de nuestros países.
No obstante, la anterior afirmación tiene más de deseo teórico, que de realización práctica, pues desde los primeros movimientos de independencia, orientados a estructurar las nacientes repúblicas, el esquema latinoamericano se caracteriza por su falta de unidad, homogeneidad y universalidad, a tal punto que cuando las clases superiores declararon la independencia, lo cierto es que en la proclama en general no participaron, ni el pueblo indígena, ni los llaneros e incluso, en ocasiones, ni siquiera las clases liberarles sin nexos de sangre con los españoles.
Puede afirmarse que, en un principio, la independencia fue una discusión entre realistas y españoles o entre criollos.
Fue tan evidente la fragmentación y contradicción entre los padres de la independencia, que una vez superada la emoción del cabildo de Santa Fe de Bogotá de 1810, se vivió un curioso periodo denominado la patria boba, precisamente porque cada provincia quería fabricar su propia independencia y dictar su propia constitución, con distintas proclamas, pues mientras algunas consideraban que la liberación significaba rechazar la posición dominante de la corona española, otras vertieron en sus textos constitucionales la lealtad plena a la monarquía, afirmando que la independencia consistía en desconocer a los virreyes y demás estructuras de gobierno español en estas tierras, pero manteniendo plena fe y lealtad a los monarcas españoles.
En medio de esta inestabilidad, hoy el caso escandaloso es Venezuela, antes fue Nicaragua, también lo han sido en distintos momentos Argentina, Brasil, Ecuador, Perú, el Salvador, Guatemala, Uruguay, Paraguay, Colombia y otros.
La democracia, definida en su forma más simple por el presidente Lincoln como el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, exige como presupuesto fundamental que exista pueblo. Pero pueblo no es una simple suma de individuos, ni pueblo es la aglomeración de los más necesitados, de los desplazados, de los excluidos.
Pueblo somos todos en unidad de propósito y afinidad de metas, pero para que este concepto, principio y esencia de la democracia se dé, es necesario que los individuos tengan un adecuado nivel cultural, capaz de superar los fanatismos ideológicos. Se requiere cierto grado de homogeneidad y reconocimiento de la diferencia y un alto sentimiento y sentido de unidad cultural.
Es decir, que sea un todo y no una simple suma de fragmentos. Mientras no se avance en estas virtudes cívico-políticas, el modelo democrático es un “bingo” que puede caer en cualquier parte, en manos del más oportunista. .