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El caso más llamativo es el del fundador de las criptomonedas, que creó una “ciudad de la longevidad” en Montenegro porque considera que todos tenemos la responsabilidad moral de parar el envejecimiento.
Por Lina María Múnera Gutiérrez - muneralina66@gmail.com
Desafiar a la muerte y encontrar el elixir para la vida eterna, curar el envejecimiento o que los 90 sean los nuevos 50. Ese sueño tan humano de prolongar la vida con el mayor vigor posible, se vive con frenesí en el ambiente de Silicon Valley, donde los milmillonarios no escatiman en gastos y las estrellas de la longevidad hacen su agosto.
En 2017, una startup llamada Ambrosía consiguió que cientos de clientes que rondaban los 60 años invirtieran 8.000 dólares cada uno para hacer parte de un ensayo de transfusiones de plasma que supuestamente prevendrían el envejecimiento. Y el año pasado, el millonario inversor Bryan Johnson contó en un podcast llamado Los Inmortales que no solo ha pagado cientos de miles de dólares para que le inyecten cada mes el plasma de su hijo, sino que también le pasa del suyo a su papá, que tiene 70 años, para ver si consigue que mejore su salud física y mental.
Jeff Bezos, fundador de Amazon, ha invertido millones en una compañía que trabaja en programación de rejuvenecimiento celular, mientras que Peter Thiel, cofundador de Paypal, entregó otros tantos a la fundación Matusalén (Methuselah) que asegura que con sus investigaciones, para el 2030 los nonagenarios se van a sentir como cincuentones. Pero el caso más llamativo es el del fundador de las criptomonedas, que creó una “ciudad de la longevidad” en Montenegro porque considera que todos tenemos la responsabilidad moral de parar el envejecimiento.
Pero esto que se lee tan moderno y de avanzada es la repetición de un miedo ancestral. Son muchos los poderosos dispuestos a experimentar con su propio cuerpo, y la historia del mundo está llena de ejemplos de hombres que buscando hacerle una gambeta a la muerte se entregaron a cuanto tratamiento moderno existía.
En 1492, el Papa Inocencio VIII, que tenía 60 años y se moría por las secuelas de un infarto cerebral, hizo que su médico de cabecera le pagara a tres muchachos para que le donaran su sangre, creyendo que así sanaría, pero ni él ni los jóvenes sobrevivieron a este experimento. Y en 1642 Luis XIII, quien tenía 41 años y sufría de tuberculosis, se sometió en los últimos 10 meses de su vida a que lo sangraran 47 veces, le pusieran 210 enemas y le hicieran tomar 215 laxantes. Y ya en el último instante recibió la primera transfusión de sangre de la que se tenga récord.
El tiempo y el dinero que los poderosos le han invertido a ese anhelo de no envejecer sigue sin mostrar resultados. En la batalla contra el reloj, ni antes ni ahora se ha conseguido extraer la juventud de un cuerpo y traspasarlo a otro.
De manera que esta obsesión actual por vivir para siempre, llegar a ser milenarios y crear a los primeros “post humanos” nacidos de los últimos avances tecnológicos, no solo apela al futuro, sino que llama al pasado. Las dudas, los riesgos y la incertidumbre siguen siendo los mismos. Y el miedo a lo que ocurre después de la muerte continúa inalterable.