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Que haya compañías que se jacten de ser verdes y sostenibles y estén arrasando con todo, no deja de ser penoso.
Por LINA MARÍA MÚNERA GUTIÉRREZ - muneralina66@gmail.com
Un nuevo acto de hipocresía se ha destapado y se extiende como la manigua. Empresas madereras que han sido certificadas como “éticas y sostenibles” están desplazando a grupos indígenas que vivían escondidos en lo más profundo de la selva amazónica peruana.
Y compañías automovilísticas que venden a sus clientes la promesa de un consumo ético en sus cadenas de suministro destruyen poblaciones en su afán por explotar el níquel y el cobalto en lugares tan lejanos como las islas Molucas, en el Pacífico.
Que se estén explotando recursos naturales de manera indiscriminada no es novedad. Que se expulse de su propio territorio a los pocos indígenas que siguen viviendo en sintonía con la naturaleza, lamentablemente tampoco lo es. Pero que haya compañías que se jacten de ser verdes y sostenibles y estén arrasando con todo, no deja de ser penoso.
En el caso de la maderera Canales Tahuamanu, que comercializa caoba y cedro, el descaro es rampante. Tiene varios contratos forestales y es dueña de 52.869 hectáreas de bosque, donde realiza “un aprovechamiento sostenible”. Hasta certificación FSC (Forest Stewardship Council) ha conseguido como aval de que las actividades que realiza son respetuosas con el entorno y mantienen “el potencial productivo y las funciones vitales del bosque”.
Pero la realidad no es tan verde como la pintan. La empresa está trabajando en terrenos donde habitan comunidades que ya no saben a dónde más desplazarse y eso de ético y responsable no tiene nada. La semana pasada los indígenas maschco piro, el mayor pueblo no contactado de la Amazonía, se dejó ver y fotografiar como única forma de protesta por lo que está ocurriendo.
La razón de su aislamiento obedece a una experiencia traumática que padecieron sus antepasados a finales del siglo XIX, cuando empresarios sin escrúpulos esclavizaron y masacraron a la población local para recolectar caucho. Esos nativos fueron cazados y encadenados como animales y se convirtieron en mano de obra involuntaria durante la fiebre del caucho.
Los pocos que sobrevivieron a los malos tratos y el esfuerzo extenuante escaparon hacia lo más profundo de la selva y allí se habían mantenido ocultos hasta ahora. Lo del archipiélago de las Molucas en Indonesia, particularmente en la isla de Halmahera, es otro caso de engaño rampante.
Compañías de carros eléctricos como Tesla demuestran con sus prácticas que no hay una selva lo suficientemente profunda para proteger a uno de los últimos pueblos nómadas de cazadores y recolectores no contactados, los hongana manyawas. Las actividades extractoras de los minerales necesarios para producir las baterías verdes supondrán la destrucción y deforestación de amplias zonas selváticas del interior de Halmahera.
El desarrollo siempre arrasa con algo, en estos dos casos con el hábitat de comunidades que están al borde de desaparecer para que “otros que viven a miles de kilómetros de distancia puedan tener un estilo de vida sostenible”, según denuncia la organización Survival. Ese es el lado oscuro de algunas energías verdes.