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La universidad va dejando de ser fábrica de títulos profesionales. Se trata de una suerte de caducidad programada, inevitable. Muchas empresas estadinenses y europeas ya no exigen grados ni diplomas a los aspirantes a emplearse.
Por Juan José García Posada - juanjogarpos@gmail.com
Sin perjuicio de los conceptos y modos de trabajo tradicionales, que empezaron a funcionar hace ochocientos años, la visión actual de las universidades apunta a la llamada posuniversidad, que implica transformaciones metodológicas de fondo y forma que es pertinente entender de modo positivo. La naturaleza innovadora de la institución universitaria comporta la creación de alternativas audaces, que deben ir muchísimo más allá de maquillajes normativos y cambios superficiales por lo general ideologizados o politizados, como sucede ahora con la discutible reforma de la educación superior.
La universidad va dejando de ser fábrica de títulos profesionales. Diría que se trata de una suerte de caducidad programada, inevitable. Muchas empresas estadinenses y europeas ya no exigen grados ni diplomas a los aspirantes a emplearse. Mejor, si acreditan experiencia, vocación y experticia en actividades necesarias que no requieren cuatro o cinco años de estudios universitarios. No es una lista corta. Por eso muchísimos jóvenes prefieren, por ejemplo en España, dos años antes de terminar el bachillerato en la Eso, matricularse en programas de capacitación profesional y conseguir trabajo remunerativo sin pasar por la universidad. En el país nuestro esa es una tendencia, todavía más bien incipiente, en el espectro educativo y laboral. Lo cierto está en que indica un cambio importantísimo en las universidades, que además requiere organización normativa.
Pero un error muy grave está en descuidar la calidad en docencia e investigación, como si se menospreciara la tradicional y eficiente presencia en el estamento docente de los profesores de cátedra, que siempre han contribuido no sólo a elevar los índices cualitativos porque enseñan desde el medio social en el que están, sino también la valoración reputacional de las universidades a la hora de competir por la acreditación o por la moda de mejorar en un ranquin. Los de cátedra son profesores que, sin estar vinculados, como se dice, aventajan a los internos por su conocimiento directo del medio profesional. Digamos, no enseñan periodismo, derecho, ingeniería en un tablero, sino gracias a su trayectoria como profesionales.
Suprimir el profesorado de cátedra, o reducirlo a la mitad, aumentará el tiempo de dedicación de los internos, con una sobrecarga inconveniente y con posible deterioro de otras actividades como la investigación, las publicaciones y demás. Para no hablar de la injusta discriminación de nivelar al externo con un aprendiz y borrarle en el régimen docente el derecho adquirido al rango y la categoría que el ahora externo había alcanzado a lo largo de su carrera profesoral cuando trabajaba como interno. Estas y muchas otras consideraciones deben ponerse en discusión, eso sí con la cabeza fría esencial en los debates universitarios y sin aferrarse a prejuicios, errores que han hecho carrera o fórmulas asociadas con juegos políticos o ideológicos inaceptables cuando se trata de una institución tan respetable como la universitaria, que saca la cara por su confiabilidad en sociedades tan descuadernadas como la nuestra. Y que no puede marginarse del derecho a fundar la posuniversidad.