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Sería una bobada reducir lo trascendental en cuestiones de doctrina. Es infalible, no se equivoca en asuntos doctrinarios esenciales e irrefutables.
Por Juan José García Posada - juanjogarpos@gmail.com
Desde un respetable radicalismo religioso afectado por discutibles preferencias políticas se ha puesto en cuestión la presunta tibieza del Papa, mejor, la prudencia, para expresar su opinión sobre las elecciones presidenciales en Venezuela. Varios días se demoró el pontífice para manifestar su punto de vista y se limitó a recomendar que se busque la verdad y se invoque la ayuda de la Virgen de Coromoto y del beato José Gregorio Hernández, venerados por gran parte de los queridos venezolanos. ¿Qué más esperaban? ¿Qué Francisco impartiera una excomunión contra el régimen tiránico o que viajara a Caracas a encabezar las enormes manifestaciones contra Maduro y sus compinches?
En el fondo de las críticas al Papa intuyo que está la creencia equivocada en los alcances de su poder y su capacidad de arbitrar conflictos políticos mediante la coraza potentísima de la infalibilidad pontificia. Pero no todo lo que pronuncie el Papa es infalible. En este sentido no está dotado del atributo de consagrar como verdadero y creíble todo lo que diga en público, en materias de geopolítica, de modas y preferencias alimenticias, de gustos literarios o cinematográficos o de orígenes y marcas de vinos argentinos o italianos. Nada de eso puede catalogarse como dogmático. Sería una bobada reducir lo trascendental en cuestiones de doctrina. Es infalible, no se equivoca en asuntos doctrinarios esenciales e irrefutables. Y así como no es perfecto ni es todavía un santo, puede cometer errores cuando, por ejemplo, simpatiza con ideas o posturas ideológicas y políticas temporales y terrenales, que no tienen que comprometer ni la integridad de la Iglesia ni poner en riesgo la fe de los creyentes.
En estos días coloquiábamos un amigo y yo sobre estos temas, incluso con cierta aprensión por tocar algo tan sensible. Me dijo el interlocutor que algunas apariciones controversiales del Papa Bergoglio, por ejemplo alguna ambigüedad que puede confundirse con simpatías hacia sectores de izquierda, estaban debilitándole la fe. Le argüí que la fe no es de izquierda ni de derecha, no surge de una decisión de conveniencia temporal sino de firme y profunda vocación espiritual, ni es fe en el Papa como líder humano sino en la Divina Providencia. A la Iglesia le han llovido acusaciones y juicios durísimos, libros y películas y relatos de toda clase de detractores. Varios papas han pasado a la historia como individuos por lo menos irrecomendables, nada ejemplares, así como la mayoría han sido sabios y virtuosos y han cumplido con testimonio admirable las funciones del pontificado, sin meterse en negocios ni rendirle culto al poderoso caballero Dondinero.
Y antes por el contrario, todas esas circunstancias adversas, reales o ficticias, fortalecen la fe, la hacen invariable. Que el Papa nos enseñe a que no estemos llamándolo como supremo resolutor de problemas que deberían ser dirimidos por la ONU o los líderes estatales y políticos, no creo que signifique pusilanimidad, debilidad, indiferencia o negligencia. Ante todo, tiene el deber de practicar la prudencia “que hace verdaderos sabios”.