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La posición del gobierno colombiano ante la obviedad del fraude electoral en Venezuela es fría y calculada. Va en contra del sentido común.
Por Juan David Ramírez Correa - columnasioque@gmail.com
“No tenemos miedo”. Ese fue el conmovedor grito que sacudió las calles de Venezuela durante las últimas marchas de la oposición. Lo dicen las noticias y lo resaltan como un clamor de aguante del pueblo venezolano ante el descarado robo que lo tiene sumido en la represión tiránica y delirante de un régimen bárbaro e inhumano.
Muertos, heridos, detenidos. Dolor. Es lo que está pasando. Sin embargo, por más radicalización y represión, la pantomima montada por Nicolás Maduro y su gente, tiene el pecado de la ilegitimidad y obliga, por los hechos, a hacer lo imposible para recuperar la dignidad de millones de personas sometidas por los peores comportamientos del ser humano.
La absurda proclamación de Nicolás Maduro como ganador de las elecciones, más que rabia, creó una profunda tristeza colectiva. El lunes después a las elecciones, las calles de Caracas amanecieron lacónicas y silenciosas.
Uno que otro sonido de cacerolas rompía la tensa sensación de abandono e incertidumbre, consecuencia del mazazo a la esperanza que había aparecido como ventana de oportunidad para propiciar reencuentros familiares, recuperar el buen nombre del país y permitirles a miles de jóvenes conocer la verdadera dimensión de la democracia, esa que, desde hace 25 años, los delirantes encabezados por Hugo Chávez anularon con su estúpida visión populista, tirana y dictatorial.
En otras palabras, la esperanza de libertad estaba ahí y ahí es donde cobra tanta fuerza la resiliencia del pueblo venezolano para declarar, con la fuerza colectiva, no tener miedo. Cuando estalló la primavera árabe en 2011, los manifestantes se movilizaron inspirados por una frase: “la pérdida de toda esperanza nos hará libres”. Ese leitmotiv cobra vigencia en Venezuela antecedido por la necesidad de dejar el miedo a un lado. Eso debe ser ejemplo para Colombia.
En nuestro país ronda el miedo, pero se disfraza en las formas progresistas y retóricas del gobierno. Se disimula, como lo dijo el exministro José Manuel Restrepo, bajo la figura adobada del “poder constituyente”, con la cual nos llevarán a ser potencia mundial de la vida. Preocupante, pues fácilmente se puede configurar el mismo camino que llevó a Venezuela a ser motivo de tristeza colectiva. Ahí está la razón para enfrentar decididamente los miedos, sin sesgos políticos ni oposición derechista.
Más bien se trata de cuidar la democracia, defender las instituciones y ejercer control político y social para evitar que se socaven la integridad del estado y de los derechos civiles. Sin miedo se evita la “venezolanización” de la más grande construcción socia del país: la democracia. La posición del gobierno colombiano ante la obviedad del fraude electoral en Venezuela es fría y calculada. Va en contra del sentido común y da señales de que todo lo van a acomodar a sus intereses propios.
Paradójicamente, la tristeza que hoy sentimos por Venezuela configura el momento perfecto para entenderla como un campanazo de alerta para quitar el miedo en Colombia. Ese un paso definitivo para frenar el gusto de poder de los que hoy nos gobiernan.