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Hoy sabemos que este partido lo estamos jugando, en una sociedad como la colombiana, profundamente desigual, desde el vientre. Desde pequeños, inscribimos a nuestros niños y niñas en este sistema de privilegios y méritos.
Por Andrés Restrepo Gil - opinion@elcolombiano.com.co
“Cada tanto me preguntan los padres por el cuadro de honor y me recomiendan poner en el salón uno, como si fuese indispensable tener ese tipo de cuadros en los salones de una escuela” me confesó una maestra del grado tercero. Continuó: “Ya han sido varias las reuniones con las familias en las que, apelando al reconocimiento del esfuerzo, se me ha expresado el interés por poner uno, como si un salón no fuese un salón sin un cuadro de honor”.
En términos sencillos, por cuadro de honor se entiende una suerte de lista jerárquica en la que aparecen ubicados los mejores estudiantes. En los que yo recuerdo, se ubica la foto de tres estudiantes, teniendo como criterio de selección sus calificaciones. Es usual que estos cuadros se adornen para resaltar el mérito de quienes allí aparecen por tener, según sus notas, los mejores desempeños académicos.
Su convicción para no ubicar un cuadro de este tipo en el salón se anclaba en raíces políticas. “¿Cuál es el mérito? Me preguntó a mí y, según ella, a menudo se lo pregunta a las familias de sus estudiantes El mérito que los ubica en un primer, segundo o tercer lugar es solo el privilegio de los estudiantes que pueden ser acompañados en casa. Su mérito es tener una mamá que no trabaje y que, comprometida con la educación de su hija, se sienta en las tardes a hacer las tareas.”
Y termina así su reflexión: “En comunidades como las nuestras, en las periferias de la ciudad, yo no puedo premiar el privilegio de tener una mamá, o el de tener una mamá con tiempo, que se haga cargo de las responsabilidades educativas que implica un hijo. Yo como profe, lo veo: los mejores estudiantes son quienes tienen un acompañamiento en casa. El mérito es solo un privilegio.”
Los privilegios y las desventajas, afirma el economista y politólogo John Roemer, son como la contienda en una cancha de futbol inclinada: dos equipos se enfrentan en un partido en el que todos, además de competir con otros jugadores, deben procurar hacer goles en un campo inclinado, a favor de quienes se encuentran arriba y en contra de quienes se encuentran abajo.
Hoy sabemos que este partido lo estamos jugando, en una sociedad como la colombiana, profundamente desigual, desde el vientre. Desde pequeños, inscribimos a nuestros niños y niñas en este sistema de privilegios y méritos, haciéndolos parte de un engranaje que no solo ofrece ventajas a unos y desventajas a otros, sino que premia a los primeros y castiga a los segundos. No siendo suficiente con padecer el peso de las desventajas, castigamos a sus víctimas por padecerlas.
La indignación de la maestra es ejemplar. Dejando de adornar los privilegios con la parafernalia del mérito, deberíamos aprender a hacer un examen, más honesto de nosotros mismos, procurando develar las propias ventajas y, así, reconocer paralelamente que es más difícil para algunos sumar aciertos cuando se nace en una estructura en el que el campo está inclinado.