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Es la hipocresía de la izquierda la que está dando alas a la ultraderecha en todo el mundo.
Por HUMBERTO MONTERO - hmontero@larazon.es
“Flash” informativo de la BBC: “Las mujeres francesas protestan contra el auge de la ultraderecha”. Desconozco quién está al frente de la televisión pública británica, pero una cosa está clara, no sabe contar o busca audiencias entre los idiotas del mundo, que abundan más que los botellines de cerveza. ¿Por qué la emprendo con la BBC? Pues porque en las imágenes que acompañaban a tan impactante cabecera mostraban, siendo generosos, a un centenar de manifestantes, muy poco representativas de las mujeres francesas.
Al parecer hay cierto consenso entre la muy interesada izquierda de salón, esa que viste de diseño y pasa sus vacaciones en un yate propio o ajeno, de que la ultraderecha es el Leviatán mientras que la ultraizquierda no existe o está formada por simpáticos grupos de comunistas porreros, anticapitalistas y okupas festivaleros, todos muy “post-hippies” y contestatarios. Pero eso ya lo sabíamos. Lo preocupante es que la batalla del lenguaje la ganen quienes casi ni saben utilizarlo y que la derecha de toda la vida (en Reino Unido aún gobiernan los conservadores) le compre el discursito a la siniestra.
Todo camina de una forma dogmatizada de entender el mundo en la que, si no opinas como ellos, formas parte de la ultraderecha, el Leviatán que decíamos. Esa misma concepción que criminaliza a quienes protestan delante de una clínica abortista y subvenciona con dinero público el aborto. Porque, si la izquierda radical puede acogerse cuando le viene bien a la objeción de conciencia y defiende la ocupación de viviendas con propietario esté o no dentro, por qué quienes estamos en contra del aborto tenemos que pagar de nuestros bolsillos las noches locas de muchos, habiendo como hay mil y una fórmulas para evitar el embarazo.
La misma concepción que exige cuotas para todas las minorías habidas y por haber, generalmente, posibles caladeros de votos para sus intereses, mientras se olvida de las familias de toda la vida, de las clases medias, de los trabajadores. Quizá por eso, es precisamente la clase trabajadora, la que peor lo tiene en muchos años por culpa de los vividores de la política, la que se está echando en brazos de la ultraderecha. Porque en esos barrios no importa Palestina ni el lenguaje inclusivo.
Importa la inmigración ilegal, que llega a mareas y convierte en zonas deprimidas, lo que antes eran vecindarios de clase trabajadora. No hay más que darse una vuelta por los alrededores del parisino Saint-Denis, donde está el mítico estadio, y donde la Policía francesa entra a cuentagotas. Porque en esos barrios son los propios inmigrantes arraigados los que no quieren a más compatriotas sin oficio ni beneficio. Pues para toda esa izquierda burguesa toda la inmigración es maravillosa y hay que abrir las fronteras.
Habría que ver si pensarían lo mismo si les acamparan bajo sus áticos de lujo de más de un millón de euros, decenas de inmigrantes o les ocuparan el piso de abajo. Es la hipocresía de la izquierda la que está dando alas a la ultraderecha en todo el mundo. ¡Socialistas aburridos del mundo, uníos!