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Conviene considerar que la sociedad tiene la capacidad de acogernos a todos, sin destruir lo mucho que se ha logrado hasta ahora.
Por Fanny Wancier Karfinkiel - fannywancier7@gmail.com
La identidad de género es un concepto que, independientemente del sexo biológico señalado por las hormonas, los cromosomas, y los genitales masculinos o femeninos en el momento de nacer, hace referencia a las posibles variaciones de género que corresponden a las experiencias, formación, e influencia de la educación y la cultura. Las variaciones de género determinan cómo se sienten los transgénero, cómo se comportan y se comunican a nivel verbal y no verbal, cómo visten, y en general, lo que su apariencia proyecta en el entorno.
Desde la Antigüedad, la identidad de género se ha expresado en muchas culturas a través de pinturas, esculturas, narraciones y vestimentas, que muestran la particularidad de cada comunidad, su reconocimiento y valoración.
Hipócrates y la mitología griega plantearon la variedad de géneros. En el Banquete, Platón menciona a seres masculinos, femeninos y andróginos en el origen de los tiempos. Las sociedades indígenas consideraban la identidad de género como algo natural, y la cultura Occidental es un ejemplo de la existencia de alternativas distintas que no se ajustan solamente al concepto binario masculino - femenino. Hoy en día, es posible transformar la apariencia física y generar una mejor calidad de vida para quienes se identifican con otros géneros.
Sin embargo, llama la atención que quienes no encajan en la visión binaria masculino-femenino, se han empeñado en convertir la identidad de género en una cuestión político-ideológica racista, sexista y antioccidental que, amparados en un discurso de lo “justo”, los “derechos humanos” y la “víctima y el victimario”, definen la aceptación o rechazo de las personas, y en algunos casos, su sobrevivencia. Más aún, lejos de unir a las comunidades las han atomizado, y al contrario de generar igualdad, la han disminuido.
Sin negar que anteriormente ha habido rechazo en el pensamiento occidental hacia el distanciamiento del concepto masculino-femenino, es desacertado considerar que el repudio a la transgeneridad la causaron solamente los blancos, la tecnología, o el capitalismo. Por el contrario, a diferencia de otras culturas, Occidente ha avanzado en defender los derechos humanos, despenalizar con éxito la homosexualidad, y aceptar la diversidad de género. No se entiende por qué los activistas de la identidad de género, apoyan religiones y sistemas cuyo fanatismo pregona la esclavitud de las mujeres, la violencia, y el radicalismo. Al mismo tiempo que los problemas de salud mental se agravan por este estado de cosas, estamos frente a como se clavan a sí mismos un puñal por la espalda.
Tiene un precio muy alto ignorar que vivir en sociedad no solo se trata de género y sexo, sino de valores universales que nos benefician a todos, como el respeto, la justicia, la solidaridad, la tolerancia, la igualdad, la libertad, y la responsabilidad.
Conviene considerar que la sociedad tiene la capacidad de acogernos a todos, sin destruir lo mucho que se ha logrado hasta ahora.