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La imposibilidad para manejar el éxito de algunos políticos y ejecutivos de alto rango, en parte obedece a pretender que los límites no existen.
Por Fanny Wancier Karfinkiel - fannywancier7@gmail.com
“No hay nada nuevo bajo el sol. ¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será...”. Eclesiastés.
Encontré un artículo del año 2005, que acusaba al ejecutivo Dennis Kozlowski, presidente del conglomerado Tyco International, de robo y fraude contable en más de 700 millones de dólares. Kozlowski había caído en las garras de la codicia, estado que se repite a pesar de su carácter penoso.
Siendo miembro prominente del reino empresarial, consideró legítimo dedicarse al despilfarro cargándole a la empresa papeleras de 2 mil dólares, fiestas de 2 millones de dólares, cortinas para la ducha por 6 mil dólares, un neceser de 17 mil dólares, y asignando préstamos para silenciar a sus colaboradores por 95 millones de dólares. Sin contar con los gastos desmedidos atribuidos a su amor al arte.
En mi opinión, Dennis estaba bajo los efectos de un fuerte impulso que lo debilitaba obligándolo a desechar el llamado de la razón. Sin sustraerle un ápice de responsabilidad, posiblemente detrás de los derroches, había una joven mujer que gustaba de las caricias y muestras de ternura que le prodigaba: mansiones, viajes, joyas, y fiestas.
Así las cosas, ambos se embarcaron en un negocio gana-gana: ella, que no conocía las delicias de la riqueza sintonizando el corazón con el ejecutivo que le satisfacía sus caprichos. Él, aprovechando las oportunidades que la vida le brindaba asumiendo que su generosidad le aplacaría el vacío interior que padecía.
Perry Anderson, historiador y ensayista inglés, opinaba que un fenómeno notable del postmodernismo era la falta de vergüenza de las clases poseedoras: funcionarios de alto rango y ejecutivos corruptos, ascensos a puestos importantes haciendo favores sexuales, levantarse jóvenes a una edad avanzada, etc.
La imposibilidad para manejar el éxito de algunos políticos y ejecutivos de alto rango, en parte obedece a pretender que los límites no existen. ¿De dónde salió que todo lo que nos proponemos podemos conseguirlo? ¿Que el cielo es el límite? Posiblemente, de la ignorancia y omnipotencia de quienes creen que dominan las fuerzas invisibles de la naturaleza y el cosmos.
De otro lado, hay quienes se contentan con extraordinarios salarios, y en medio de un camino deslumbrante, no reflexionan sobre sus intenciones y propósitos. En otras palabras, hacen caso omiso de la dimensión ética de la vida, pilar esencial para la justa convivencia, y en el afán de sacarle partido al “cuarto de hora”, los descalabros que ocasionan les tienen sin cuidado.
No sorprende que al descubrirse el fraude ambos terminaran en un negocio pierde-pierde: Kozlowski perdió el salario de 4.5 millones de dólares anuales y el piso de 17 millones de dólares en Manhattan. Tras las rejas, lo único que no perdió fue el vacío interior que antes embolataba con mujeres, mansiones, joyas, y viajes.
Desanimada, ella perdió las muestras de amor y ternura que le encantaban, a la vez que intentaba volver a ganar la habilidad de “echarle el ojo” a la siguiente debilidad que le pasara por delante. Triste final, para un triste comienzo.