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La convivencia, la concordia, la paz, la armonía en todos los campos de la vida solo serán posibles en la medida en que cada uno acepte sus límites, reconozca los de los demás y entienda que las fronteras se complementan y enriquecen mutuamente.
Por Ernesto Ochoa Moreno -
ochoaernesto18@gmail.com
Cierro los ojos. Desde lo hondo de mi intimidad descubro, en una vivencia iluminadora, que mi piel es una frontera sensible y silenciosa. Es mi frontera. Ella pone límites a mi cuerpo, a mi existencia física, pero al mismo tiempo abre una insospechada posibilidad de contactos, de nuevas experiencias.
En la medida en que acepte al que soy y al que no soy, y también al que nunca seré, descubro a los demás y entro en comunicación con ellos. Angustiarse y rebelarse por las limitaciones es convertir la vida en un campo de batalla.
Admito que esto que me hace único y me permite también abrirme al mundo, a los demás, a la realidad, me lleva a romper las cadenas del encerramiento egoísta y me hace un ser fecundo y positivo.
Somos seres fronterizos. Nuestra misión consiste en no convertir esas fronteras en trincheras para hacer la guerra, sino en surcos en donde germinen semillas de paz y de amor.
La convivencia, la concordia, la paz, la armonía en todos los campos de la vida solo serán posibles en la medida en que cada uno acepte sus límites, reconozca los de los demás y entienda que las fronteras se complementan y enriquecen mutuamente.
Así como en lo nacional y en lo internacional las fronteras hacen las patrias y configuran el concierto de las naciones, también en lo personal, en lo familiar, en lo profesional, en lo colectivo, la conciencia de las fronteras es el eje de la autorrealización y, de otra parte, el amparo a cuya sombra nacen y crecen las relaciones interpersonales. Las fronteras me separan, me aíslan, pero al mismo tiempo son la línea exacta del encuentro y la compañía.
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Reabro los ojos. Vuelvo a tener fronteras. No estoy solo. Es mi condición de ser fronterizo el que me permite relacionarme con el mundo, con los demás. También con Dios. La espiritualidad de los límites me ayuda a vivir y contemplar el mundo de la otredad. Mis límites me alejan y me acercan a los otros. Y ahí, en los demás, en mi apertura a las fronteras, radica el secreto de mi realización personal, el secreto de la felicidad. Solo como ser fronterizo puedo madurar. Mi vocación son los otros, la realidad con los otros. Estar encerrado es un infierno, es el Infierno. Las fronteras, los límites, los bordes, curan el egoísmo.