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Después de la fiesta, la peste

Después de la fiesta, la peste. Vean esas caras perfiladas, desencajadas las facciones, los ojos hundidos, el alma adormilada, la mente en blanco.

06 de julio de 2024
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  • Después de la fiesta, la peste
  • Después de la fiesta, la peste

Por Ernesto Ochoa Moreno - ochoaernesto18@gmail.com

Se debería escribir un tratado sobre el guayabo. Y sobre la sociología de la parranda. Porque es muy interesante que nuestro pueblo, que se pasa el año quejándose de falta de plata, del alto costo de la vida, de la ineficiente e insuficiente canasta familiar, de la inflación y demás arandelas con que lo acribillan hasta el cansancio los analistas, llegado el momento pierde el sentido de las proporciones y todo lo tira por la borda. Y, metido en una fiesta celebratoria, se dedica a beber. Porque la verdad somos un estado cantinero y un pueblo de borrachitos.

Hay muchas disculpas. Somos alegres, somos extrovertidos. Pero en el fondo de la pachanga lo que hay es vacuidad, cansancio, jartera, insatisfacción. La gente bebe, se emborracha, porque está descontenta, desorientada. Entre nosotros la gente no bebe, se emborracha, que es algo muy distinto. Y cuando lo que se busca es emborracharse, no le echemos la culpa a la alegría. Es que la gente ha perdido raíces, ha perdido solidez en la existencia. El licor no es, pues, entre nosostros un premio, un tributo a la alegría.

Me explico, la gente no bebe para alegrarse, sino que con el trago le rinde culto a la soledad, a la tristeza. Y eso es lamentable, porque después de la fiesta no se ve sino un rebaño de amodorrados transeúntes: la grey de los que quererían olvidar, de los no pensantes, de los que se dejan guiar adonde sea con tal de que a la vera del camino o al llegada les den un aguardientico.

Triste destino el de un pueblo cuyo mayor logro es poder dare el lujo de emborracharse. Pero eso es rentable para los dueños del rebaño. Que son muy compasivos y caritativos. Pobre gente, sin más distracción que el traguito. Démosles aguardiente. Vea qué jefe tan buena persona, me mandó mi botellita de wiskie. Tan querido el gerente, dio de a media de guaro a cada uno. Beban, muchachos. Yo pago. No ven que yo soy el que mando, el que tengo plata. Tómense el otro. ¡Salud!

¡Loor a las fábricas de licores de los departamentos! Que la gente se emborrache, que la gente viva a media caña, que se arrastre, que se tambalee, que llegue y se acuesten, que se maten, que se corroan por dentro. Que los dueños del guiñol se mueren de la risa viendo desmadejadas sus marionetas, dejándose manejar, que les jalen los hilitos respresentando la pantomima.

Después de la fiesta, la peste. Vean esas caras perfiladas, desencajadas las facciones, los ojos hundidos, el alma adormilda, la mente en blanco. Tan folklóricos nosotros. Hasta le hemos hecho versos al guayabo. Y entonamos los ojos cuando hablamos del “augarientico de midiós”. Y no nos damos cuenta de que nos quieren borrachos porque así no pensamos. Pero no importa. Tomémonos el otro. El “p´irnos”. Salú. Casi que quedamos campeones.

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