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En resumen y para terminar, como también decía mi anciano tío cura, el secreto de una vejez feliz es mantenerse “descaradamente vivos”, como dice un verso de la poeta de Manizales, Maruja Vieira.
Por Ernesto Ochoa Moreno - ochoaernesto18@gmail.com
Qué pena, pero para un viejo, o por mejor decir, para uno, ya viejo y que ha terminado por ser un pobre viejo destartalado, instalado en ese “arrabal de senectud” situado en los extramuros de la vida que es el final de la existencia, es muy triste, digo, que crea o lo hagan creer para consolarlo que es una vieja gloria, que dicen.
Les confieso que a mí nunca me han gustado los homenajes que se hacen a las viejas glorias de nada. Ni de la cultura, ni de la política, ni del deporte, ni de la Iglesia. Siempre me ha dado grima ver allá, en el escenario o en la cancha de un estadio, o en una iglesia con misa y todo, esas figuras avejentadas, disfrazadas de juventud irrecuperable, caritristes, con la gordura que dan los años, si no es que están ya rubricadas por flacuras terminales. Muy agradecidos, por supuesto, pero haciendo de tripas corazón para no llorar, para que no los digan desagradecidos y resignados a lo inevitable.
Por eso tampoco me gustan las reuniones de las antiguas promociones de amigos, de la vieja guardia o de tribus familiares (abuelos y tíos ancianos incluidos). Acaban siendo un show de museo, un decadente encuentro de viejos, para no usar el eufemismo ese de los adultos mayores o de la llamada tercera edad que, como siempre lo ha dicho, lo malo no es que sea la tercera, sino que es la última. Irremediablemente la última.
Recuerdo que mi tío, el padre Nicanor Ochoa, solía decirme que la vejez es una gran riqueza, que hay que tener el valor de envejecer y estar siempre orgulloso de vivir, de haber vivido, de estar vivo. Me insistía mucho que la vejez tiene su pudor, que es triste hacer alardes de muchacho en medio de la senilidad, de la “vejentud”, como decía él.
Que la hazaña de envejecer implica aceptar las limitaciones físicas, los acabamientos del vigor, el apagamiento sereno de la vitalidad, todo eso que ocurre cuando se llega al arrabal de la “senectud”, que dijo el poeta.
Se refería, claro a Jorge Manrique y a su poema, que recitaba de memoria, titulado “Coplas para la muerte de su padre”: “Recuerde el alma dormida/ avive el seso y despierte/ cómo se pasa la vida/ cómo se viene la muerte/ tan callando”... Que también dice: “Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar a la mar/ que es el morir”.
En resumen y para terminar, como también decía mi anciano tío cura, el secreto de una vejez feliz es mantenerse “descaradamente vivos”, como dice un verso de la poeta de Manizales, Maruja Vieira. Y no más por hoy. Mañana será otro día.