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¿A quién le interesan los poetas polacos, tan lejanos, tan distintos a nosotros, supuestamente? A los mismos que después de leerla aseguran que sus poemas son ahora un flotador para la existencia.
Por Diego Aristizábal - desdeelcuarto@gmail.com
Empecemos con estos versos: “Silencio —palabra que cruje en el papel y separa las ramas que brotan de la palabra ‘bosque’”. O “Ningún día se repite,/ ni dos noches son iguales/ ni dos besos parecidos,/ ni dos citas similares”. ¿Algún rastro en la memoria, un momento, una palabra a punto de morder el anzuelo? No importa si no es así, lo que pasa es que he llegado a creer, con infinita esperanza, que poco a poco Wisława Szymborska es cada vez más conocida en Colombia.
Sí, la poeta polaca, la mujer que ganó el Premio Nobel de Literatura en 1996, la misma que decía que leer libros es el pasatiempo más hermoso que la humanidad ha creado. ¿Y por qué creo eso? ¿A quién le interesan los poetas polacos, tan lejanos, tan distintos a nosotros, supuestamente? A los mismos que después de leerla aseguran que sus poemas son ahora un flotador para la existencia.
Sin embargo, hoy no hablaré de su poesía, sino de algo que me conmovió igual que sus poemas: las notas de prensa que publicó por años en medios polacos sobre libros que, normalmente, no llamarían la atención del crítico, pero que a ella le sirvieron para extraer una palabra, regocijarse en un recuerdo o para expresar sutilezas sin el rigor prepotente de la crítica. El libro del que hablo se llama “Lecturas no obligatorias”.
En él, Szymborska le echa un vistazo a una historia del botón en la literatura, reflexiona sobre el elogio de preguntar o recuerda el nerviosismo que le producía acercarse al poeta Czesław Miłosz. Luego, cuenta la atracción que siente por el calendario, después de todo: “es el único libro que no se propone sobrevivir a nuestra muerte, no reclama sinecura sobre el estante de una biblioteca y su vida es, por norma, breve”.
Resultan también apasionantes los apuntes que hace a raíz de su lectura de una biografía sobre Julio Verne quien, a propósito, solo empezó a escribir su monumental obra a partir de los 35 años, y a pesar de que varias generaciones de lectores de todo el mundo lloraron su muerte, en Amiens, donde vivía, nadie vertió ni una pequeña lágrima sincera por él. O aquel estudio de Dröscher que le enseñó que los animales se pelean a menudo con otros de su especie, pero sus luchas concluyen por regla general sin sangre, no porque sean dulces por naturaleza, simplemente se debe a que actúa un mecanismo que pone fin al ímpetu, a la fuerza del impacto o a la oclusión de las fauces. ¿En qué momento nosotros perdimos esa capacidad?, me pregunto.
Son tantas cosas interesantes sobre el desnudo, el relax, la importancia de asustarse y otras cosas sencillas, que no pocas veces llegué a pensar que estas “lecturas no obligatorias” fueron más relevantes en mi vida que ese montón de cosas ‘tan necesarias’ que me intentaron vender esta semana.