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Nos acostumbramos

Pienso en la gente que amenazan en los pueblos, en las veredas, en nuestros barrios y cuya ayuda no siempre llega como debiera. Pienso en las vidas arruinadas.

05 de julio de 2024
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  • Nos acostumbramos

Por DIEGO ARISTIZÁBAL - desdeelcuarto@gmail.com

Yo amenazo, tú amenazas, él amenaza, ella amenaza, nosotros amenazamos, ellos amenazan. ¿Todos amenazamos? Amenazamos con renunciar al trabajo si estamos aburridos, amenazamos con cosas que terminan siendo irrelevantes, pero de ahí a amenazar a alguien, de advertirle que se cuide porque si no se muere, ¡gonorrea!, hay una imposibilidad, la vida para muchos en Colombia sigue siendo sagrada, así para otros pese más el plomo que el corazón.

Amenazar es un acto que daña muchísimo y quien amenazó jamás debió disparar los improperios, jamás debió violar la intimidad y la tranquilidad del otro, el sentido hermoso de vivir en un país en el cual tendríamos que transitar libremente y sin miedo, sin que un bandido defina si yo debo o no seguir viviendo.

¿Qué hace que alguien sea capaz de intimidar, de violentar la tranquilidad de una persona y su familia? ¿Quién es quién para contarle los días al otro, para decirle que se cuide porque está siendo incómodo?, ¿quién es quién para apoderarse de una esquina, de una cuadra, de una zona, de un país?, ¿quién es quién para que sus palabras aterradoras hagan actuar al amenazado porque en estos casos más vale temer un poco, no sea que la estupidez y el desprecio destruyan una vida?

Mientras escribo esto, y lo vengo escribiendo desde hace mucho tiempo, pienso en la gente que amenazan en los pueblos, en las veredas, en nuestros barrios y cuya ayuda no siempre llega como debiera. Pienso en la tranquilidad perdida, en todos los silencios, en todas las vidas arruinadas y en los desenlaces que apenas sabremos dependiendo del nombre, de la gravedad de la amenaza o del tipo de asesinato.

Nuestro país clama apenas de vez en cuando, tenemos ese vicio, aunque perfectamente en Colombia uno podría pedir justicia todo el tiempo, todos los días, lo cual evidentemente no es normal; sin embargo, la verdad es que así no sea normal tendríamos que hacerlo todo el tiempo, por el vecino que intimidan, por el ciudadano que violentan, por el maestro que amenazan, por el campesino que desplazan, por los líderes y los periodistas que hacen lo que tienen que hacer.

Por cada injusticia tendríamos que sentar una protesta que vaya más allá de un lamento. ¿Y para qué si nunca tendríamos sosiego? Pues no importa, lo peor que nos pudo pasar a los colombianos fue acostumbrarnos a las amenazas, a sumar muertos y miedos, fue decirnos que todo tenía que seguir, así el resultado de esto fuera el abismo del que pendemos hace años, de la terrible desazón que sentimos muchas veces cuando amanece y abrimos las páginas de nuestros medios, hablamos con las personas en la calle y sentimos que por más que se haga, por más que se quiera, el cambio deseado se parece más a un espejismo que a una posibilidad real.

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