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Yo no sé ustedes, pero cuando la muerte se hace más latente y vital, suelo hacer una pequeña ronda de saludos entre la gente que más quiero.
Por DIEGO ARISTIZABAL - desdeelcuarto@gmail.com
Yo no le tengo miedo a la muerte, pero la semana pasada, cuando dormía plácidamente, de repente, me desperté sintiendo que esa noche moriría.
Yo no sé qué es morirse, nadie lo sabe, por eso podemos suponerlo todo, y yo sentí, a esa hora donde imagino, camina por las camas del mundo entero la condenada hoz, que esa noche sería mi última noche, que el instrumento de la muerte me seleccionaba a mí y, más que cerrar los ojos, debía abrirlos para recibir el guarapazo mortal. Y lo confieso, sentí miedo.
Sentí miedo, pero respiré profundo y asumí que me iba a morir esa noche, tanto fue así que me acomodé como me hubiera gustado que me encontraran cuando me encontraran. Volví a dormirme con esa idea vital de que había llegado mi turno y debía aceptarlo sin chistar. Me acuerdo que agradecí, suspiré y me entregué. Y si no morí esa noche fue porque la muerte vio que la descubrí y a ella no le gusta que la descubran. Una muerte siempre cae de sorpresa.
Días antes había empezado a leer, una vez más, esa novela de José Saramago que tanto me gusta, “Las intermitencias de la muerte”, y recordé ese párrafo donde una anciana está a punto de expirar, pero de repente abre los ojos como si se hubiese arrepentido del paso que iba a dar y no murió.
Yo no sé ustedes, pero cuando la muerte se hace más latente y vital, suelo hacer una pequeña ronda de saludos entre la gente que más quiero, para saber cómo va la vida, no cómo va la muerte. Y ¡oh rarezas y coincidencias de la vida! Apenas le escribí a mi gran amigo, a mi Morti querido, para que cuadráramos encuentro esta semana, me respondió: “Mi hermano, estamos muy conectados, falleció mi abuela”.
Esa tarde de sol intenso, el encuentro con mi amigo fue en el cementerio, lo abracé tan fuerte como pude, lo acompañé en silencio porque ante la muerte yo no sé qué decir, estuve con él hasta que el ataúd con el cuerpo de su abuela fue cubierto por tierra y lágrimas.
Antier le pregunté a mi amigo cómo iba, si necesitaba algo, y me contestó: “Días duros para recordar toda la vida, días que también tienen su belleza, catar tristeza, rememorar a quien nos invadió el corazón con un amor que no conoció de límites ni de mesuras.
Preguntándome sobre la fe, sobre ese encuentro celestial y divino que ella esperaba, que gritaba de emoción por llegar ahí. ¿Ya habrá llegado? ¿Qué sintió cuando vio a D-s? Fue lo que ella soñó y trabajó en este plano. ¿Cuánto se demora un alma en llegar al cielo? ¿Estará de fiesta? ¿Nos estará mirando? ¿Todavía estará dando vueltas por aquí? Más preguntas que cualquier cosa, amigo.
Y el corazón herido pero feliz. Es muy extraño todo, me permito sentir”. Montaigne decía que filosofar es aprender a morir, mi amigo, fiel discípulo del Brujo de Otraparte, sí que sabe de eso, y de vida.