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Imaginar la Historia

De alguna forma, esta distorsión también la podríamos aplicar al novelista quien, a diferencia del historiador, no tiene que estar atado a las fechas exactas, las glorias.

26 de julio de 2024
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  • Imaginar la Historia

Por Diego Aristizábal - desdeelcuarto@gmail.com

Un escritor, sin duda, es un especulador. Alguien que insatisfecho con la realidad se aferra a pequeños momentos de la vida o la Historia y los encamina con palabras por vericuetos que también pudieron ser. La literatura es una eterna suposición, es una coartada contra el destino, el cual, así se haya vivido, no indica que todo tenga que ser como fue.

La literatura es un camino donde la imaginación tiene vía libre. Es por eso que la suposición de cosas ha hecho que en libros como “La conjura contra América”, Philip Roth imagine cómo sería Estados Unidos si en vez del presidente Roosevelt hubiera sido elegido el antisemita Lindbergh, quien al hacer un pacto de no agresión con Hitler se dedica a perseguir judíos en los Estados Unidos.

O que Don Delillo explore en su libro “Fascinación” qué pasaría si fuera cierto que el mismo Hitler protagonizó una película pornográfica que fue filmada durante sus últimos días dentro del búnker en Berlín, cuando el Ejército Rojo se acercaba y la ciudad era bombardeada.

“Historia secreta de Costaguana” surgió cuando Juan Gabriel Vásquez estaba escribiendo una pequeña biografía sobre Joseph Conrad y se dio cuenta de que posiblemente el escritor polaco había leído el libro de Pérez Triana, “De Bogotá al Atlántico”, que, al parecer, le sirvió para escribir “Nostromo”; desde entonces, Vásquez empezó a suponer una serie de situaciones adicionales para su novela que involucraron un período de la historia de Colombia, la construcción del Canal de Panamá, y, desde luego, una parte de la vida de Conrad.

La Historia, con mayúscula, para Juan Gabriel, se volvió una historia en minúscula. Ricardo Piglia en su libro de ensayos, “El último lector”, dice que un lector es también el que lee mal, distorsiona, percibe confusamente. “En la clínica del arte de leer no siempre el que tiene mejor vista lee mejor”.

De alguna forma, esta distorsión también la podríamos aplicar al novelista quien, a diferencia del historiador, no tiene que estar atado a las fechas exactas, las glorias, ni mucho menos los nombres de los ilustres protagonistas, con todas sus cualidades y virtudes. Al contrario, en la literatura los hilitos de las costuras históricas cuelgan a la espera de que los escritores los jalen para especular, para suponer, para hacer más rica y emocionante la vida misma. Balzac decía que la novela era la historia privada de las naciones.

Cuando se lee literatura, lo mejor es no acercarse con un diccionario enciclopédico para señalar al margen la supuesta ignorancia del novelista que modifica un dato o le pone una nariz que no era a un general cualquiera; cuando se lee literatura es porque la mente está abierta a observar la Historia y la historia con los ojos del asombro, así con el tiempo se crea más en la existencia del David Copperfield, de Charles Dickens, que en el mismo mago de Nueva Jersey quien, tal vez, no es más que una ilusión.

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