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La imagen es justa para quien se bautizó H. Pascal cuando era adolescente y así le decía todo el mundo, menos su familia. En casa era Juan Manuel. Este muerto, este padre que Aura no comprende por qué terminó solo con sus libros, enfermo, encerrado. Triste.
Por Diego Aristizábal Múnera - desdeelcuarto@gmail.com
Después de deshojar margaritas, de conversar sobre el amor con Pedro Carlos Lemus y Aura García-Junco en la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín, después de adentrarnos un poquito en los universos que ambos escritores plantearon en “Lo llamaré amor” y “El día que aprendí que no sé amar”, salí a comprar uno de los libros más recientes de la escritora mexicana: “Dios fulmine a la que escriba sobre mí”. Y digamos que en este libro el amor también es protagonista, pero un amor distinto, uno que involucra al padre y al duelo.
El libro de poesía, cerrado como tumba, reposaba sobre la panza del padre cuando lo encontraron muerto. La imagen es justa para un hombre que vivió acompañado por sus libros, para el poeta creador de estos versos, que me encantan, y están como epígrafe en el libro: “y entonces llegó el olvido/ para decirme casi en secreto:/ no la verás ya más./ y respondí con mis ojos de mudo/ con mis labios de ciego:/ ¿a quién?” (Nocturno adiós, H Pascal).
La imagen es justa para el creador de Goliardos, una apuesta cultural en Ciudad de México que partió del gótico, pero que también creó musicalizaciones metaleras de los poemas de Neruda en el Zócalo, rap de Cortázar en metro Insurgentes, música contemporánea inspirada en Kafka o que, en algún momento, estuvo a punto de llevar a un festival de ciencia ficción a Ray Bradbury. La imagen es justa para quien se bautizó H. Pascal cuando era adolescente y así le decía todo el mundo, menos su familia.
En casa era Juan Manuel. Este muerto, este padre que Aura no comprende por qué terminó solo con sus libros, enfermo, encerrado. Triste.“Los objetos de quien muere son algo así como utilería en una película que ya se terminó de filmar”, escribe Aura, quien también recuerda al padre muerto de Paul Auster en “La invención de la soledad”, donde el escritor descubre que no hay nada tan terrible como tener que enfrentarse a las pertenencias de un hombre muerto. “Los objetos son inertes y sólo tienen significado en función de la vida que los emplea. Cuando esa vida se termina, las cosas cambian, aunque permanezcan iguales”.
Aura hereda entonces una biblioteca y un enigma, y lo que hace en este libro es tratar de entender al padre. “Inician ahora nueve meses del luto de las palabras, de entenderte mediante lo que dejaste atrás. Marguerite Yourcenar decía que una de las mejores maneras de conocer a alguien es a través de sus libros. Algo de verdad debe haber ahí”.
“Dios fulmine a la que escriba sobre mí” es un libro personal sobre el duelo, sobre las marcas que están dentro de uno y no sabemos qué harán con nosotros, mientras algo de amor de los demás nos hace creer que sobreviremos hasta ir comprendiendo qué es el desapego, palabra compleja que nos envuelve en “ese ciclo entre no querer saber y querer saberlo todo; entre querer olvidar y querer recordar cosas que nunca se supieron”.
Muchos asuntos quedan después de la muerte, tantos libros esenciales, y una selección de algunos de ellos que permiten honrar al padre.