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Petro se desliga astutamente de la camisa de fuerza de tener como prioridad ser presidente.
Por DAVID GONZÁLEZ ESCOBAR - davidgonzalezescobar@gmail.com
“El próximo ministro del interior, realizará los contactos necesarios para que se concrete el poder constituyente en este o en el próximo gobierno. Gracias ministro Velasco por su buen trabajo”.
Con ese trino, el presidente Petro despidió a su ministro encargado de la política, quien fue responsable de sacar adelante su reforma pensional, su mayor logro legislativo hasta el momento, a pesar de los intentos del propio mandatario por torpedearla con sus declaraciones. Quién sabe si el exministro Velasco se enteró por ese mismo medio. No sorprendería.
Como reemplazo de Luis Fernando Velasco, el presidente nombró a Juan Fernando Cristo, otro manzanillo de vieja data, otro Fouché criollo que fue parte del Santismo y de muchos ismos antes, pero con una marcada diferencia respecto a su antecesor: mientras Velasco se opuso en público a la idea de una “Constituyente”, Cristo llegó pisando fuerte al afirmar que su mandato es materializar esa visión que Petro ha promovido desde comienzos de este año.
“Un Acuerdo Nacional de verdad que permita explorar hacia el futuro la posibilidad de convocar a una Asamblea Nacional Constituyente bajo los parámetros de la Constitución del 91”, fue lo que dijo Cristo que sería su misión en su rueda de prensa inaugural, una visión más aterrizada e institucional que la etérea idea del “poder constituyente” promovida por el presidente que, aunque quién sabe si en verdad en la Casa de Nariño la comparten, anticipa que la apuesta será sumar a este movimiento fuerzas más allá del Pacto Histórico, particularmente figuras del centro político y de partidos tradicionales que podrían encontrar en Cristo a un interlocutor con credibilidad.
Quedando todavía mucho por desenredar sobre cómo se desarrollará la relación de Cristo con las fuerzas políticas del Congreso y cómo evolucionará el discurso del presidente respecto a sus verdaderas pretensiones “constituyentes”, algo sí parece claro con estas últimas movidas: el gobierno de Petro, sin siquiera llegar a la mitad de su mandato, pondrá sus mejores fichas no en materializar reformas y, en general, gobernar, como ingenuamente creería uno que debería comportarse la dignidad presidencial, sino en movilizar su fuerza institucional hacia unas campañas anticipadas para que su movimiento político tenga continuidad en 2026, todo bajo la sombrilla y excusa de lo que sea en lo que termine esa ambigua idea de una “Constituyente”.
Así, Petro se desliga astutamente de la camisa de fuerza de tener como prioridad ser presidente, para lo que se ha demostrado mediocre.
Se dedica más bien a lo que mejor sabe hacer: la retórica y la creación de narrativas, los discursos de plaza pública, graduar de enemigos a personas e instituciones y, lo más importante, azuzar al electorado que todavía lo apoya, un grupo que representa a más del 30% del país según todas las encuestas, y que continúa siéndole leal a pesar de la corrupción y la incompetencia de su gobierno.
Esa lealtad será la que Petro tratará de movilizar, ya sea liderado por él mismo o por alguien más, con el objetivo de mantenerse en el poder.
El camino parece difícil, y por eso mismo, bajo la excusa de la “Constituyente”, empieza con mucha anticipación.Las demás fuerzas políticas del país deben pensar muy bien cómo responder al juego que acaba de convocar Petro. La prioridad, que no se debe dar por sentada, es que en el 2026 haya elecciones con una transición pacífica del poder.
Esto sigue siendo lo más probable, por supuesto, pero, ante una contraparte que se adentra en un juego donde un posible resultado es cambiar las reglas, ser extremadamente cautos ante los riesgos no-lineales de una “Constituyente” es lo mínimo. .