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En un mundo convulsionado por las guerras más violentas que ha visto este siglo XXI, las crisis de los organismos multilaterales y el repliegue nacionalista que pesca en río revuelto, es fundamental la defensa de los valores democráticos.
Por David E. Santos Gómez - davidsantos82@hotmail.com
La idea informal, de corrillo de cafetería o almuerzo dominical, que insiste en que los jóvenes descreen cada vez más de las posibilidades de la democracia como sistema definitivo para los destinos de un país, toma cuerpo de postulado angustiante. Las pruebas que respaldan la hipótesis se acumulan en América del norte y en el sur, en las votaciones para diputados europeos y en las reelecciones apabullantes de los más autoritarios. Una encuesta contratada recientemente por El País de España y la cadena Ser le puso cifras al fenómeno: el gusto por las ideas de extrema derecha que coquetean con la limitación de derechos recibe un altísimo apoyo en los votantes menores de 35 años.
Fenómenos como el de Jair Bolsonaro en Brasil, Donald Trump en Estados Unidos -antes y ahora- Marine Le Pen y el sorprendente novato Jordan Bardella en Francia, Vox en España y Javier Milei en Argentina, cuentan con grupos organizados de jóvenes que militan las ideas de un “autoritarismo necesario”. Ceder derechos para que un personaje, que se mueve entre el carisma y el mesianismo, pase la “motosierra” por las instituciones y ejecute sus acciones sin contrapesos.
La desazón que deja la política contemporánea y las dificultades económicas que atraviesan las nuevas generaciones, con empleos inestables y mal pagos, pueden contarse entre los motivos para el ascenso de esta demagogia entre las personas de menor edad con capacidad de voto. Al mismo tiempo, el hecho de que las propuestas de la extrema derecha repitan las fórmulas de pasados considerados lejanos para muchos jóvenes a los que se les pueden narrar y resignificar la historia de acuerdo a la conveniencia presente, facilita el encantamiento. Los más veteranos, que vivieron la debacle que ahora muchos de estos falsos profetas ansían repetir, tiemblan ante los extremos. Los menores, por el contrario, aplauden. La historia se repite porque no se escarmienta en cuerpo ajeno.
Sería mentiroso calificar a toda la juventud como un grupo homogéneo de intereses políticos. Es cierto, por supuesto, que hay otras colectividades que apuestan por el progresismo o por el centro. Sin embargo, el hecho de que se registren mayorías ultraderechistas en países como Francia o Argentina que hasta hace muy poco eran símbolos del respeto por las instituciones de la democracia liberal es motivo suficiente para la alarma.
En un mundo convulsionado por algunas de las guerras más violentas que ha visto este siglo XXI, con crisis de los organismos multilaterales y el repliegue nacionalista que pesca en río revuelto, resulta fundamental la defensa de los valores democráticos para evitar un futuro oscuro. A pesar de esto, en el juego por ganar el poder, partidos y políticos son cada vez más irresponsables en sus actuaciones. Basta con escuchar el nivel del debate entre oficialismos y oposiciones, sus argumentos y sus ataques, para entender que son pocas las esperanzas de encontrar una salida de este callejón oscuro.