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Aislarse de la situación local, con una economía endeudada y una capacidad adquisitiva a la baja, en medio de la asfixiante incertidumbre, no será fácil y la postura de Macron puede tener consecuencias.
Por David E. Santos Gómez - davidsantos82@hotmail.com
No existe un evento internacional no político que tenga más política que los Juegos Olímpicos. Desde el intento del anfitrión por desplegar sus mayores virtudes culturales, sociales y económicas en la inauguración, pasando por la representación de las delegaciones y su simbolismo, hasta la lucha misma por el oro que se traduciría, en el lenguaje de la geopolítica, en un poderío del estado triunfador y de su modelo social, París 2024 nos enseñará una vez más cómo se mueve el mundo.
Cada país -y especialmente su gobierno- sacará pecho por los logros deportivos como si fueran estos una respuesta inmediata de sus políticas. Aquí no hay diferencias. Lo hará por igual Estados Unidos o Cuba o Argentina o China o Colombia.
Estos juegos de París 2024 estarán, además, atravesados por una coyuntura internacional particularmente dramática. La guerra entre Rusia (vetada de los juegos) y Ucrania y el enfrentamiento entre Israel y Palestina ponen en entredicho la hermandad que profesan las competiciones y veremos continuamente protestas y reclamos de espectadores y de los mismos deportistas por la evidente hipocresía diplomática.
No serán extraños, a lo largo de estas semanas, las manifestaciones y los símbolos de inconformidad en los encuentros deportivos. El evento que concentra más atención en el planeta será aprovechado como megáfono para gritar la realidad de un mundo fraccionado, inestable y en crisis con el multilateralismo.
A esta situación hay que sumarle los aspectos de política interna del anfitrión. Francia transita un proceso social y político complejo. Luego de las elecciones legislativas, que dieron mayorías a la coalición de izquierda, el presidente Emmanuel Macron deberá conformar un gobierno con un primer ministro que responda a esa petición popular. Por ahora, y para inconformidad de los partidos triunfadores en las urnas, insiste en que el país debe focalizar todo su esfuerzo en las competiciones deportivas y mostrar sus mejores cartas a los invitados.
Pero para los locales el asunto suena más a una excusa del presidente. Aislarse de la situación local, con una economía endeudada y una capacidad adquisitiva a la baja, en medio de la asfixiante incertidumbre, no será fácil y la postura de Macron puede tener consecuencias. Él, por su parte, cree todo lo contrario. Juega las cartas a que el evento le dispare la popularidad.
Las tres semanas olímpicas que apenas transitan por sus primeras medallas nos servirán como radiografía de la situación interna francesa y europea y darán también al público general una muestra de realidad de las inconformidades sociales con una geopolítica en conflicto. A cada pancarta de protesta o puño levantado le seguirán los análisis del contexto.
Muchos optarán por mirar a otro lado. Por evitar que se les arruine la fiesta. Otros, por el contrario, harán eco de las peticiones de cambio y demostrarán que en medio de las partidas se juega mucho más que un podio.