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Cualquier descuido, por menor que sea, será aprovechado por los dementes que quieren acabar con la vida de sus contrarios como la forma última de detener sus ideas.
Por David E. Santos - davidsantos82@hotmail.com
La noche del jueves 1 de septiembre de 2022, minutos antes de las nueve, en el elegante barrio de Recoleta, en Buenos Aires, Argentina, Fernando Sabag Montiel, de 35 años, se acercó a una multitud que aclamaba a la entonces vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner. Cuando la tuvo a menos de un metro de distancia desenfundó una pistola calibre 7.65, se la puso frente a la cara y apretó el gatillo dos veces.
El arma falló y ninguna de las balas salió del cargador. Por fortuna, lo que podría haber sido el magnicidio de la política más influyente de la escena argentina en el siglo XXI se frustró por el mecanismo estropeado de la pistola de su asesino. La tarde del sábado 13 de julio de 2024, poco después de las seis, en un mitin de campaña republicano en Butler, Pensilvania, Estados Unidos, Thomas Matthew Crooks, de 20 años, disparó una ráfaga de tiros con un fusil semiautomático AR-15 contra el candidato presidencial Donald Trump.
Los disparos pasaron tan cerca de la cabeza del expresidente que uno de ellos le arrancó un pedazo de la oreja derecha. Por fortuna, los movimientos aleatorios del político, mientras explicaba una gráfica, lo salvaron de ser asesinado en un hecho que habría trastocado radicalmente la geopolítica contemporánea.
Ambos intentos de asesinato, separados por poco menos de dos años, en los dos extremos territoriales de América y a políticos que están en las antípodas del pensamiento económico y social, generan angustias similares. Resulta aterrador que dos democracias sólidas con fuerzas de seguridad establecidas y respetadas sean incapaces de defender la vida de sus referentes gubernamentales.
Todo líder político, antes y ahora, de derecha o de izquierda, convive con las amenazas de sus detractores, pero los esquemas de seguridad que se les otorgan en pleno siglo XXI pretenden hacer imposible que se les haga daño. Los intentos fracasados de magnicidio en Argentina y Estados Unidos, demostraron lo contrario. Cualquier descuido, por menor que sea, será aprovechado por los dementes que quieren acabar con la vida de sus contrarios como la forma última de detener sus ideas.
En los dos casos, también, saltaron rápidamente en las cloacas de las redes sociales los gritos de conspiración que vieron en los atentados estrategias fabricadas para aumentar la popularidad de las víctimas y declaraciones ambiguas de opositores que, minimizando los hechos o burlándose de ellos, terminaron por darle espacio a la justificación. Es la degradación máxima de la política.
La grieta de los pueblos. Nunca sabremos qué habría sucedido si se hubiese conjugado el horror de los magnicidios de Fernández de Kirchner o de Trump. Es el campo de lo contrafáctico. Lo que sabemos, porque ocurre ante nuestros ojos, es la forma en la cual estos actos fallidos pusieron de manifiesto la podredumbre de nuestras democracias y el radicalismo que es protagonista de sus discusiones. De un lado y del otro del espectro. Desde el sur y hasta el norte.