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Nicolás Maduro, aferrado a una nueva reelección que insiste haber ganado, pero que no tiene cómo probar, arrecia su violencia y se atrinchera.
Por David E. Santos Gómez - davidsantos82@hotmail.com
América Latina atraviesa uno de los momentos políticos más complejos del siglo XXI. Las antidemocráticas elecciones presidenciales venezolanas desplegaron la última prueba del autoritarismo chavista a los ojos de una comunidad internacional que, asqueada o temerosa o acusadora o cautelosa, intenta encontrar la salida de un laberinto sellado sobre sí mismo.
Las pruebas de fraude recogidas por la oposición, pero -y, sobre todo-, por organismos internacionales como el Centro Carter (que hasta pocas horas antes de las votaciones era alabado por el mismo chavismo) revelan un organigrama de funcionarios bolivarianos comprometidos con el fraude para desoír la decisión del pueblo y entregarle a Nicolás Maduro una reelección que su nación le negó.
El chileno Gabriel Boric se convirtió rápidamente en una voz de realidad cuando afirmó que resultaban pocos creíbles los datos del Consejo Nacional Electoral venezolano que daban unas cifras extrañamente redondas y le otorgaban el triunfo al oficialismo sin ofrecer pruebas. A su sombra, los líderes de la izquierda continental prefirieron la ambigüedad primero y la cautela después para exigir una claridad en los votos que aún no llega y que, posiblemente, nunca llegará.
Andrés Manuel López Obrador, Lula da Silva y Gustavo Petro entienden que la presidencia de Maduro es un dolor de cabeza que atraviesa sus políticas internas y los arrincona para dar explicaciones en las que con frecuencia saltan contradicciones e incoherencias. Aún ahora, cuando la presión aumenta, la sombrilla bajo la cual se resguardan es la de una búsqueda de alternativas pacíficas a la explosión inminente. Negociaciones entre las partes que en este punto parecen poco probables ante el cinismo del PSUV.
Hay un peligro latente y crece exponencialmente. Nicolás Maduro, aferrado a una nueva reelección que insiste haber ganado, pero que no tiene cómo probar, arrecia su violencia y se atrinchera. Promete venganzas en todos los frentes. Huye hacia adelante mientras jura cortar de tajo toda voz disidente, sea esta de políticos, periodistas o ciudadanos del común. Un simple posteo crítico en redes sociales puede significar la cárcel. A todos, por igual, amenaza con la celda. Insiste en que en las mazmorras serán “reeducados”.
La intimidación, que es una característica primigenia del discurso chavista desde hace un cuarto de siglo, aumentó en los últimos días como estrategia de defensa ante las pruebas evidentes del engaño. Maduro, herido, atacará con fuerza para no soltar el poder.
En un panorama bastante oscuro, Venezuela camina hacia la consolidación de un proyecto totalitario y militar que cercena las libertades y muestra una cara más cierta de lo que, hasta ahora, había tratado de disimular con elecciones.
El círculo vicioso de la tragedia vecina parece iniciar de nuevo ante la incredulidad del hemisferio. El oficialismo se aferra con fuego a Miraflores. La ciudadanía protesta y es reprimida, asesinada, desaparecida.
El vecindario y Estados Unidos insisten en el aislamiento. Vienen las sanciones económicas. Crece la ola migratoria que es, hoy, la cara desgarradora de la desgracia.