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Es la inmigración

El aporte social, cultural y económico del extranjero quedan en un segundo plano cuando el político de turno lo convierte en el culpable de todos los males.

10 de julio de 2024
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  • Es la inmigración

Por DAVID E. SANTOS - davidsantos82@hotmail.com

No existe en la política internacional contemporánea un tema que, por presencia, importancia y trascendencia, se acerque a la inmigración. Es este el eje alrededor del cual giran los discursos electorales y las promesas de campaña, los acuerdos entre naciones y las decisiones domésticas.

Este siglo, promisorio, pero cada vez más amenazante, ha dibujado en la diferenciación con el foráneo uno de los elementos característicos de la demagogia y el producto principal que se vende bajo la falsa idea de éxito o fracaso. Lo usan todos los espectros políticos actuales y brota por igual en Europa, en Medio Oriente, en Asia o en América.

El enorme flujo de personas de una nación a otra, que buscan una mejora sustancial en su calidad de vida, es el resultado de siglos de políticas erradas en las que tienen una gran responsabilidad las potencias mundiales que hoy cierran sus fronteras. Imperios que usaron sus satélites coloniales como soporte de sus intereses económicos y potencias que creyeron que su capacidad de abuso de recursos era ilimitada.

Es la consecuencia, también, de experimentos gubernamentales fallidos como en Cuba o Venezuela, de crisis económicas como Grecia o Argentina, o de largos periodos de violencia y restricciones de oportunidades, como el caso nuestro. Aquellos ciudadanos que en sus países sienten la llegada masiva de extranjeros piden mayor control. Juega aquí un papel clave el prejuicio y la construcción narrativa del chivo expiatorio.

Resulta más amenazante, bajo este discurso, un latinoamericano que un europeo o un africano que un asiático. Los colombianos, que fuimos y somos parias en medio mundo, ahora nos envalentonamos para criticar a los venezolanos (que dicho sea de paso nos han dado acogida por décadas ante nuestras propias crisis).

Los estadounidenses reniegan con mayor facilidad de los mexicanos que de los argentinos, y estos a su vez se quejan más de los bolivianos que de los brasileños. En Europa, Francia y Reino Unido deben buena parte de su realidad política a la insistencia de regular las fronteras y aunque las leyes se han endurecido en los últimos años, Macron y Brexit de por medio, nunca antes el viejo continente había visto un flujo migratorio de tal envergadura.

Las explicaciones sobre el aporte social, cultural y económico del extranjero quedan en un segundo plano cuando el político de turno lo convierte en el culpable de todos los males. La participación minoritaria del inmigrante en delitos, que en muchos casos no sobrepasa a los nacionales, es suficiente para delinear la narrativa del nosotros y ellos.

Es una idea cómoda para la mente individual y para la responsabilidad colectiva. Valdría la pena un minuto de análisis antes de otorgar la culpa fácil. Aportaría mucho en esta realidad angustiante que, frente al discurso xenófobo y aporófobo, nos detengamos a revisar el motivo de la acusación.

En esto, que es el caldo de cultivo de las peores políticas actuales, aportaríamos enormemente con el simple beneficio de la duda.

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