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La nueva gobernante parece tener claro que su personalidad dista mucho de la del viejo dirigente de izquierda, conocido en el ambiente político mexicano por décadas.
Por DAVID E. SANTOS GÓMEZ - davidsantos82@hotmail.com
Faltan dos largos meses y medio para que la presidenta electa de México, la científica y política Claudia Sheinbaum, tome la posta del gobierno que termina Andrés Manuel López Obrador. Oficialista y continuista, los retos para esta ex alcaldesa de Ciudad de México son enormes, pero quizá ninguno supera la necesidad de crear su propia figura y quitarse de su cuerpo la enorme sombra de Amlo.
La historia que nos narra hasta ahora el siglo XXI latinoamericano está plagada de grandes figuras políticas, personalidades arrolladoras, gobernantes de enorme popularidad, que una vez vieron concluido su ciclo fueron incapaces de hacer una transición pacífica incluso con miembros de sus propias filas.
Aunque en campaña se mostraban confiados en que el alfil escogido era el ideal para continuar con su propuesta programática -y lo que veían como logros económicos y sociales de sus periodos- a medida que los nuevos gobernantes electos mostraban distancia con sus padrinos -o madrinas- las peleas se hicieron insostenibles.
En la mayoría de los casos, incluso, se enconaron en las viejas amistades las oposiciones más radicales e intransigentes. En Colombia lo vimos con Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos. En Ecuador con Rafael Correa y Lenin Moreno. En Argentina con Cristina Fernández de Kirchner y Alberto Fernández.
En Bolivia lo estamos padeciendo con Evo Morales y Luis Arce. La lista es larga y angustiante. Una vez sentados en la silla presidencial, los nuevos presidentes intentaron tomar sus propias decisiones, crear su propio estilo, y los jefes políticos denunciaron traición. Cinco semanas después de ser electa de forma contundente en las urnas, Sheinbaum ha confirmado ya una veintena de sus ministros.
El gabinete da indicios de un perfil gubernamental más técnico que el de Amlo, con personalidades de la academia y antiguos colaboradores suyos en la alcaldía de la capital mexicana, aunque también hay nombres de funcionarios que acompañaron al presidente saliente en su sexenio.
López Obrador se retira con una aprobación que roza el 60 por ciento, un número sorprendente para una realidad hemisférica en la que los presidentes, a meses de asumir, pierden aceleradamente el apoyo ciudadano. La nueva gobernante parece tener claro que su personalidad dista mucho de la del viejo dirigente de izquierda, conocido en el ambiente político mexicano por décadas, y quiere dotar su perfil de un estilo más técnico y menos polémico.
Por su parte, el presidente saliente asegura que una vez entregue el mando el próximo 1 de octubre se retirará sin aspavientos a una jubilación tranquila y dejará gobernar. “No vuelvo a participar en ninguna actividad pública”, prometió.
Entiende que el choque entre los binomios presidenciales fracasados que nombramos anteriormente tiene fuertes raíces en el ego de los exmandatarios y la dificultad para entregar el poder a aquellos en los que una vez confiaron y a los que pretendían convertir, en algunos casos, en sus marionetas.