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Por DAVID GONZÁLEZ ESCOBAR - davidgonzalezescobar@gmail.com
En 1835, mientras Andrew Jackson caminaba tranquilamente por los alrededores del Capitolio, un hombre desequilibrado desenfundó dos pistolas y trató de dispararle. Ninguna funcionó, y el frustrado homicida fue rápidamente aprehendido, no sin antes recibir varios golpes furiosos de Jackson con su bastón.
Fue el primer intento de asesinato contra un presidente de Estados Unidos, pero estuvo muy lejos de ser el último: cuatro presidentes en ejercicio han sido asesinados en este país. Lincoln en 1865, mientras veía una obra de teatro pocos días después de haber puesto fin a la Guerra Civil. Garfield en 1881, cuando no llevaba ni siquiera cuatro meses en la presidencia.
McKinley en 1901, un evento que ha quedado relativamente olvidado, y Kennedy en 1963, un homicidio que vive en las innumerables teorías de conspiración que aún especulan sobre su asesinato. Y la lista pudo haber sido peor: Teddy Roosevelt, Ford y Reagan, entre otros, también fueron víctimas de atentados mientras residían en la Casa Blanca, pero vivieron para contarlo.
Así, aunque terrorífico y a milímetros de cambiar el curso de la Historia, el intento de asesinato a Trump es un evento con muchos precedentes. Sin embargo, lo que lo vuelve preocupantemente atípico es la serie de eventos que lo anteceden, donde una suma de hechos no aislados nos enfrenta a una situación cuyas posibles consecuencias todavía no dimensionamos: la posible desestabilización del orden democrático de Estados Unidos, un hecho que cada vez se aleja más de tener probabilidad cero.
Mientras la economía estadounidense ha tenido un desempeño notable en la última década, su democracia ha mostrado señales de incipiente decadencia, explicable principalmente, aunque no exclusivamente, por el mismo Trump.
Hasta el día de hoy, el expresidente insiste sin tener sustento en que le robaron las elecciones de 2020, una afirmación que la mayoría de sus seguidores comparten, representando una fuerte amenaza a la credibilidad del sistema electoral del país y reflejándose en eventos como el asalto al Capitolio en 2021. Paralelamente, Estados Unidos parece irremediablemente polarizado.
Solo el 4% de los matrimonios en el país se dan entre demócratas y republicanos. Más de la mitad de los estadounidenses tienen una percepción muy desfavorable del otro partido, triplicando la cifra de hace tres décadas. Esto ha desembocado en una propensión a la violencia: en una encuesta reciente de la Universidad de Chicago, el 10% de los encuestados dijo que el uso de la fuerza sería justificado para evitar que Trump se convierta nuevamente en presidente, y el 7% dijo que tal violencia estaría justificada para restaurarlo en la presidencia.
Si se suman los que respondieron ambivalentemente, la respuesta llega al 30% en ambos casos. Por otro lado, Trump enfrenta su candidatura siendo el primer expresidente condenado en la historia de los Estados Unidos, en un proceso que muestra muchos indicios de haber sido motivado por sus opositores del partido Demócrata, generando desconfianza también en el poder judicial. Una percepción similar tienen los demócratas sobre la Corte Suprema, donde actualmente predomina una mayoría conservadora, con varios magistrados nominados por Trump.
El evidente deterioro cognitivo de Biden, cuyas apariciones públicas generan cada vez más dudas sobre quién ha estado gobernando el país, también ha desestabilizado al Partido Demócrata. Las encuestas muestran que dos de cada tres demócratas quieren que Biden renuncie a su candidatura, opinión compartida por miembros prominentes de su partido, mientras que él, en un círculo cada vez más cerrado, intenta ignorar la realidad.
Todo está servido para que, en cualquier momento, ocurra un desastre. La acelerada degeneración de la democracia en Estados Unidos es una de las cuestiones más preocupantes y posiblemente más transformadoras que podría tocarnos vivir a toda una generación. .