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Ese mismo espacio que capturó Rodolfo en 2022 seguramente será ocupado por alguien más en 2026, con la diferencia de que, esta vez, quien lo ocupe probablemente sí querrá ganar de verdad.
Por David González Escobar - davidgonzalezescobar@gmail.com
En 2022, Rodolfo Hernández, quien lamentablemente falleció esta semana, obtuvo 10,6 millones de votos en las elecciones presidenciales. Solo una persona en la historia del país ha logrado más votos que él: Gustavo Petro, quien lo venció por unos 700 mil votos y a quien Hernández superaba en las encuestas de la segunda vuelta, hasta que, inexplicablemente, como si de alguna manera hubiera tomado súbitamente conciencia de que estaba a punto de convertirse en el hombre más poderoso de Colombia, le quitó el acelerador a su campaña, yéndose incluso fuera del país durante casi una semana a pocos días de la elección decisiva.
Mientras hay indicios de que Petro superó los topes de campaña en la segunda vuelta, Hernández, el empresario millonario, el que no tenía restricciones presupuestales, reportó 10 mil millones de pesos menos que lo permitido por el límite.
A pesar de haber estado tan cerca de la cúspide del poder hace tan poco, el día después de su muerte, el panorama político de Colombia se mantuvo absolutamente inalterado: nada cambió en el escenario político nacional, ni en las dinámicas del poder local, y mucho menos entre los nombres que suenan de cara a las elecciones de 2026.
En los dos años transcurridos desde las elecciones presidenciales de 2022 - en los que Rodolfo renunció a su curul en el Senado, fue inhabilitado por la Procuraduría para ser candidato a la Gobernación de Santander y fue condenado por actos de corrupción– nuestro “Trump de Piedecuesta” pasó del protagonismo al anonimato y luego del anonimato al desprestigio. Tan rápido como ascendió la “Rodolfoneta”, cayó en picada, hasta el punto de que su muerte, a los 79 años, probablemente ni siquiera figure en el podio de los eventos políticos más mediáticos del mes.
En su punto de mayor éxito, la estrategia política de Rodolfo fue brillantemente unidimensional: él era un ingeniero, no un político. No iba a robar porque era un empresario exitoso, no un político. Haría las cosas bien porque él sabía era hacer empresa, no política. Ni una sola propuesta clara y ni el más mínimo atisbo de inteligencia: lo más inteligente que pudo hacer. Un candidato unicelular, con un programa mononeuronal. Un verdadero outsider, un antisistema y encantador de indignados, cuya única alianza sería “con el pueblo colombiano”.
En una entrevista televisada quedó en evidencia que no sabía donde era Vichada, y aún así sacó la mayor cantidad de votos en el departamento tanto en primera como en segunda vuelta.
Mientras los candidatos del establecimiento político recibían su sorpresivo paso a la segunda vuelta en tarimas rodeados de auditores tan llenos como lúgubres, él se dirigió a los colombianos en un primer plano mal iluminado, completamente solo, en medio de la cocina de su casa, vistiendo una de esas camisetas polo amarillas de mangas largas con las que parecía haber nacido.
Más allá de sus pintorescas apariciones en público, de sus insultos captados en vivo y de sus TikToks fuera de lugar que le consiguieron tantos votos, el éxito de la simpleza del discurso de Rodolfo, su temperamento fuerte y el personaje que construyó a partir de su trayectoria como ingeniero y empresario ajeno a la política, aunque efímeros, son un recordatorio del enorme espacio político que existe dentro de las preferencias de los colombianos: un espacio que refleja su desgaste con los partidos tradicionales, pero que no busca una ruptura total con el orden establecido, sino más bien una figura fuerte que encarne valores asociados al orden, a valores conservadores y a la creencia de que el trabajo duro puede ser recompensado.
Ese mismo espacio que capturó Rodolfo en 2022 seguramente será ocupado por alguien más en 2026, con la diferencia de que, esta vez, quien lo ocupe probablemente sí querrá ganar de verdad.