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Comprendamos, de una vez y para siempre, que la verdadera riqueza se construye desde la tribu, la familia, el equipo, la empresa y la comunidad..
* Director de Comfama.
Querido Gabriel,
“¿Cuánto lleva trabajando acá?”, dijo alguien sorprendido. “Es muy joven, pero ¿viste cómo manejó la reunión?”. “Escuchó con atención, recogió las ideas de los demás con gran habilidad”, respondí. “Expresó su pensamiento sin pena de los directivos”, señaló alguien más. “Contradijo al jefe con una claridad y unas formas que lo pusieron a pensar y cambió de opinión”, celebró otra persona. “¿Viste su reacción cuando la cuestionaron? Incorporó esos conceptos en lugar de ponerse defensiva”, completó una directiva. “Su desempeño es impecable. Estemos atentos a ese talento, es una tesa”. ¿Conversamos sobre aquella competencia esencial, el superpoder de colaborar, de trabajar en equipo y lograr que un colectivo sea más inteligente que cualquiera de los individuos que lo componen?
El Homo Sapiens ha llegado hasta acá por su capacidad cooperativa. No somos los seres más fuertes ni los más rápidos de la naturaleza, pero hemos logrado niveles impensables de coordinación. Nuestras sofisticadas formas de organización política, religiosa, empresarial y social son, por decir lo menos, sorprendentes. Esta habilidad será aún más crucial para nuestra época. Frente a un mundo cada vez más complejo política, tecnológica y socialmente, la inteligencia individual será superada, con creces, por la inteligencia colectiva. “Los mejores equipos no son aquellos con los individuos más inteligentes. Son los equipos que traen a la superficie la inteligencia de todos”, como escribió Adam Grant en su libro Potencial oculto.
Los organizacionalistas, propongamos un nuevo término, son personas que han desarrollado la habilidad de gobernarse adecuadamente en los más retadores grupos sociales. No son genios sino tejedores de vínculos de alto valor. Son seres curiosos, escuchan e indagan, saben comunicarse. Son personas con iniciativa y pensamiento crítico, pero jamás buscan imponerse. Son buenos gregarios, ven las fortalezas de los demás, no quieren tener la razón sino avanzar. No se ofenden fácil, comprenden que todo el mundo tiene opiniones. Son estables emocionalmente, resilientes y toleran estoicamente la frustración.
Dicen algunos sicólogos que este es uno de los grandes desafíos de la generación Z, seres increíbles en muchos aspectos, pero, hijos de las redes y los videojuegos, no han tenido aún la calle, el juego al aire libre y los problemas necesarios para formarse en estas características. Sin embargo, todos, no solo esta generación, debemos aprender a ser organizacionalistas. En colegios, universidades y empresas podríamos ofrecer contextos favorables a estos aprendizajes. Necesitamos más programas deportivos, grupos estudiantiles, aprendizaje por proyectos y entre pares y espacios de recreo. Serán fundamentales las mentorías en manejo de conflictos. Vamos a necesitar servicios sicológicos para aprender que no todo puede hacerse a nuestra manera, que tendremos jefes y compañeros diversos, que habrá desacuerdos, que nos disgustarán muchas cosas... y lo más importante, que, tras esto, aparentemente difícil y doloroso, hay infinita belleza y posibilidad.
Hagamos la tertulia e invitemos a nuestros compañeros y amigos reconocidos por sus inteligencias emocional y organizacional. Preguntémonos cómo cultivar el organizacionalismo. Busquemos claves en el carácter de esas personas admirables, con fuerza serena y espíritu amable, que han construido países y empresas sin rabia ni violencia, que prefieren la paciencia artesana al adanismo revolucionario. Comprendamos, de una vez y para siempre, que la verdadera riqueza se construye desde la tribu, la familia, el equipo, la empresa y la comunidad.