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Hoy, más de una década después del proceso de herencia, el corrupto futuro del chavismo depende de la unidad de este binomio: Maduro y Cabello.
Por David E. Santos Gómez - davidsantos82@hotmail.com
Existió un momento, justo después de la muerte de Hugo Chávez, cuando Venezuela se preguntó si las disputas internas en el PSUV harían dinamitarían cualquier propuesta de continuidad. De un lado estaba Nicolás Maduro, vicepresidente y heredero público del líder bolivariano.
Del otro, Diosdado Cabello, compañero de Chávez de la intentona golpista del 92 y fiel escudero del ideario revolucionario. Ambas figuras, una civil y “moderada”, la otra militar y “radical”, se veían como los polos opuestos de un camino de incertidumbre. Chávez nunca confió plenamente en Cabello. Dudaba de su honestidad y temía que sus impulsos descarrilaran el programa socialista.
En Maduro, por el contrario, veía a un personaje obediente que, desde la Cancillería, mostró capacidad de diálogo y pragmatismo. Por eso fue reiterativo en pedirle a sus votantes que, a su muerte, se escogiera al antiguo sindicalista como reemplazo. Una vez en el poder, y consciente de la enorme sombra que significaba Cabello, Maduro buscó acercamientos rápidos a su mayor amenaza. Le dio puestos significativos en el manejo del Legislativo, primero y luego en el Ejecutivo.
Hoy, más de una década después del proceso de herencia, el corrupto futuro del chavismo depende de la unidad de este binomio. En medio de la profunda crisis por las fraudulentas elecciones del pasado 28 de julio, en las que se declaró ganador al oficialismo sin mostrar prueba alguna, Maduro decidió mover nuevamente las fichas de su círculo cercano y sellar cualquier tipo de fractura que pudiera quebrar al oficialismo.
Cabello, por su puesto, es el eslabón que debe estar asegurado de la forma más firme posible, así que volvió a traerlo a su lado, en Miraflores, para que dirigiera a su diestra el ministerio del Interior y Justicia. La decisión de nombrar a Diosdado Cabello como el jefe de la cartera con mayor poder en el Ejecutivo refleja dos intereses inmediatos de Maduro.
Primero, acercar al hombre más oscuro del chavismo, sobre el que pesan decenas de acusaciones de corrupción, narcotráfico y violaciones de derechos humanos, para atrincherarse en una pelea contra la oposición que será larga y violenta.
Segundo, mandar un mensaje sobre la negativa a cualquier tipo de salida negociada al conflicto con la oposición que estalló tras el evidente robo de las presidenciales. Cabello, radical y violento, representa el discurso opuesto a cualquier tipo de diálogo y Maduro lo expone como una carta de intenciones: el chavismo no cederá un milímetro.
Sin embargo, aun con la pública unidad entre los dos hombres fuertes, la vieja desconfianza se mantiene. Acercar al enemigo es una forma centenaria de garantizar tiempo en la política. Y hoy, con acusaciones mundiales en contra del chavismo, Maduro marca en rojo las fechas del calendario.
Confía en que con el pasar de los días la ilegalidad se transforme en rutina. Ya lo ha hecho antes y espera repetir estrategia. Es lo único que puede garantizarle el poder que el pueblo le negó en las urnas.