Pico y Placa Medellín
viernes
1 y 5
1 y 5
La prudencia y el silencio de Petro sobre el fraude ocurrido en Venezuela no solo parecen sospechosos, sino también cómplices.
Por David González Escobar - davidgonzalezescobar@gmail.com
“Revivió Pinochet”, trinó el recién elegido presidente Gustavo Petro en septiembre de 2022, cuando más del 60% de los chilenos rechazó la propuesta de una nueva Constitución. Ante una decisión democrática, Petro no dudó en relacionar el voto de más de la mitad de los chilenos con un dictador asociado con delitos de genocidio, torturas y desaparición forzosa.
A finales de ese mismo año, cuando Pedro Castillo, entonces presidente de Perú, intentó dar un golpe de Estado al tratar de disolver el Congreso, Petro fue uno de los pocos que salió en su defensa. Mientras organismos como Human Rights Watch y la Corte Interamericana de Derechos Humanos condenaban las acciones de Castillo, el presidente Petro amparó su derecho a “ser elegido”, argumentando que, como presidente, había sido “arrinconado desde el primer día” por ser “profesor de la Sierra”.
Cuando la justicia de Argentina solicitó prisión para la expresidenta y entonces vicepresidenta Cristina Fernández por presunta corrupción, Petro fue uno de los que se sumó de inmediato a una carta de apoyo a la dirigente de izquierda. Interpretó la situación como una “persecución judicial injustificable”, sin ver inconveniente en involucrarse en los asuntos internos de ese país.
Petro tampoco tuvo reparos en involucrarse en la política electoral argentina, comparando a Milei con Hitler durante la campaña. Se refirió a la segunda vuelta entre Milei y Massa como un duelo entre la esperanza y el regreso a “Pinochet y Videla”, y describió la victoria de Milei como “triste para América Latina”, todo esto antes de que siquiera asumiera el cargo.
De igual manera, Petro defendió acertadamente a Bernardo Arévalo ante las amenazas de instituciones en Guatemala que buscaban impedir su posesión como presidente, exhortando al mundo a “no abandonar la lucha democrática del pueblo guatemalteco”. Asimismo, el presidente ha denunciado de manera acertada los abusos de derechos humanos y el quiebre democrático llevados a cabo por Bukele en El Salvador.
Este mismo diplomático tuitero, que no ha tenido problema en equiparar las decisiones democráticas de sus vecinos con ser apologistas de genocidas, que se ha involucrado sin reparos en la política electoral de otros países latinoamericanos, que defendió a Castillo en Perú, con quien compartimos frontera, y que no dudó en denunciar los ataques a las instituciones democráticas en El Salvador y Guatemala, ahora, ante el monumental y documentado fraude ocurrido el pasado domingo en Venezuela, decidió recurrir a la prudencia, guardando total silencio durante más de tres días.
Cuando, después de una supuesta sofisticada estrategia diplomática junto a México y Brasil, finalmente se pronunció después del fraude de Maduro, lo hizo de la manera más tibia posible: saliendo a decir exactamente lo mismo que todo el mundo ha dicho, sin reconocer la victoria de Edmundo González, y abogando entre líneas por la inacción de la oposición venezolana mientras la dictadura continuaba posponiendo dar explicaciones sobre un resultado que, dada la evidencia de encuestas de salida y las actas digitalizadas y publicadas por la oposición, ya debería ser irrebatible.
Al momento de escribir esta columna, dado su historial diplomático errático e impulsivo, la prudencia y el silencio de Petro sobre el fraude ocurrido en Venezuela no solo parecen sospechosos, sino también cómplices.
Adenda: Pequé de optimista con mi pasada columna; nuestro “muro de Berlín” no cayó. Sin embargo, algo sí parece haber sido cierto: un robo de elecciones a esa escala fue demasiado burdo, incluso para el chavismo. El tiempo lo dirá... .