Pico y Placa Medellín
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Propongo bajarle un poco a esa necesidad ingente de demostrar que lo sabemos todo como unos súper héroes enciclopédicos, y quizás evitar que germine la ansiedad y la frustración por creer que no estamos a la altura.
Por Dany Alejandro Hoyos Sucerquia - @AlegandroHoyos
Esta semana mi amigo Mauricio Arias en una entrevista me preguntó en qué momento de mi vida estaba. Esas preguntas parecen muy simples pero la gente espera que uno responda una genialidad, o algo trascendental, o en mi caso, algo gracioso. No pude responder nada de eso. Comencé a balbucear, a buscar en los archivos recónditos de mi mente una respuesta a la altura de las circunstancias. Lo único que recuerdo es que al final dije, “buscando el silencio”.
Camino a casa me llegó un corrientazo con la respuesta que debí decir: ¡no sé! Eso debí contestar pues esa es la verdad, no sabía ni sé en que momento de mi vida estoy. Hubiera dicho, “no sé, siguiente pregunta amigo”. Una réplica verdadera con un toque de humor. Sentí frustración porque me pasa mucho que encuentro las respuestas correctas cuando ya no se usan. El Kairós siempre me llega tarde.
Por eso, quiero hacer un llamado a reconocer nuestra ignorancia con humildad profunda, con amor encendido, con tal desprecio de todo lo terreno. Propongo bajarle un poco a esa necesidad ingente de demostrar que lo sabemos todo como unos súper héroes enciclopédicos, y quizás evitar que germine la ansiedad y la frustración por creer que no estamos a la altura. Esa carrera desenfrenada por el conocimiento es angustiante. Relax, no tenemos que saber de todo.
Si hago un balance de las cosas que conozco a profundidad, son muy pocas, o ninguna. Ignoro incluso los temas que me apasionan. Pensaba que sabía de fútbol y apenas esta semana supe que había una zona catorce; creía saber de música salsa y descubrí con vergüenza que solo sé de La Fania; sacaba pecho dizque por saber español y tengo que buscar en internet cómo se conjuga el verbo satisfacer. Me ufanaba de ser versado en literatura colombiana y hace poco vine a descubrir quién era Helí Ramírez, el gran poeta urbano de Medellín. Finalmente, tampoco puedo decir como Sócrates: “Solo sé que nada sé”, porque yo no sabía ni siquiera que nada sabía.
Además, qué insufribles somos los que creemos saberlo todo. Amigos sabiondos, los invito a aceptar nuestra ignorancia. Cultivemos la duda, la sospecha, la incertidumbre. Les creo más a las personas que preguntan que a las que afirman. Posiblemente, tal vez, no sé, quién sabe, eso hará que nos preocupemos más por aprender que por tratar de enseñar, por escuchar más y hablar menos.
La construcción de conocimiento se fundamenta en la afirmación de la ignorancia. Debe ser agotador sostener la caña de saberlo todo como Carl Sagan, Borges, Da Vinci o Carlos Antonio Vélez. Es mejor auto percibirse como un brutico y pasarse la vida tratando de salir de la ignorancia que creerse poseedor de certezas, pues ya lo dijo Pilatos: “La verdad, ¿qué es la verdad? ¿Quién la conoce?”. Entonces, cuando le pregunten algo y usted no sepa, no muestre lo que no es, cite al filósofo socrático contemporáneo de Urrao, “yo que voy a saber guevón”.