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La enfermedad que heredé de mi padre

Somos una tierra nutrida por las derrotas, forjada con los paliativos emocionales de las gestas épicas de los deportistas. Un país de enfermos incurables que de vez en cuando recibe una pastillita de alegría para calmar sus frustraciones individuales y colectivas.

17 de julio de 2024
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  • La enfermedad que heredé de mi padre

Por DANY ALEJANDRO HOYOS SUCERQUIA - @AlegandroHoyos

Esta enfermedad la heredé de mi padre. Me veo de ocho años con mis amigos, sus padres y todos los de la cuadra viendo jugar a Colombia contra Alemania en el mundial de Italia 90. Todo un país mirando en un televisor a once jugadores, al otro lado del mundo, jugar contra el mejor equipo, los alemanes.

Como si hubiéramos enviado a los jóvenes a la guerra, todos en el barrio estábamos pendientes del partido con la ansiedad sentada en sillas, taburetes, adobes, cajas de gaseosas, en el piso, recostada en un muro, en donde fuera, lo importante era ver la selección. Colombia jugaba bien. Los alemanes confundidos.

Desde el barrio gritábamos, ¡si se puede! Seguros de que la onda cruzaría el país, atravesaría el Atlántico, y llegaría nítida hasta Italia a los corazones de los jugadores para darles la fuerza necesaria y ganar el juego. El viento se desvió y Alemania anotó el primer gol. Las caras de derrota fueron saliendo. Mi padre seguía creyendo.

Comenzaron las burlas, los insultos a los jugadores, la desesperanza. Entonces gritó: «Todo el que venga a echar malas energías se va. Aquí estamos los que apoyamos a la selección». Lo vi tomarse un aguardiente y mirar al televisor con furia. Entonces el viento que trasportaba la energía que todo el país había enviado retomó el rumbo. El Pibe hizo una poesía cruzada y Fredy Rincón terminó el verso del empate contra Alemania.

El triunfo futbolero más emocionante del país fue un empate en la primera ronda de un mundial. Pasó el tiempo y llegó el cinco cero. Y años después, por fin, Colombia quedaba campeón de la copa América 2001. Somos una tierra nutrida por las derrotas, forjada con los paliativos emocionales de las gestas épicas de los deportistas.

Un país de enfermos incurables que de vez en cuando recibe una pastillita de alegría para calmar sus frustraciones individuales y colectivas. Después de no ir a Qatar este año renació el optimismo. Jugando fútbol del bueno con 28 partidos invicto, Colombia llegó a la final contra el mesiánico campeón. Ansiedad. Fe. Pero el aliento huracanado de todo un país no sirvió para desviar el remate de Lautaro. Colombia perdió y cayó en la insondable tristeza.

Sin embargo, al otro día se levantó. Eso hacen los valientes: caen y se levantan. Colombia es un país valiente. Los partidos, los torneos, volverán como las oscuras golondrinas en los balcones, sus goles a cantar, y ahí estaremos juntos de nuevo por el goce primario de la pelota, por esa gloria esquiva que algún día llegará. Cuando el triunfo nos abrace, recordaremos este sentimiento de derrota como aquel que nos dio la fuerza para seguir.

Seguiremos creyendo en esta selección que llegó a una final jugando a la poesía del balón. Hay que intentarlo para que algún día tengamos esa felicidad compartida en un solo grito de ¡Colombia campeón! Esa fue la enfermedad que heredé de mi padre, no el fútbol, la esperanza.

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