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La generación Z podría servir de prueba para que observemos qué podríamos corregir en el acceso a la tecnología para conservar emociones, intereses, conexiones y colectividades que nos permitan evolucionar.
Por amalia londoño duque - amalulduque@gmail.com
Uno va creciendo y va entendiendo que los tiempos cambian rápidamente, que esa visualización que todos tuvimos cuando éramos adolescentes y que describía a un adulto en ciertas circunstancias, se distancia casi siempre de lo que llega a pasar de verdad.
Uno va entendiendo que cuando alguien se refiere a “las vueltas de la vida”, tal vez haya visto giros inesperados en el tiempo; cosas que pasan de estar muy bien a estar muy mal, personas que se van y no vuelven, amigos que se quedan en el pasado, trabajos y ocupaciones que creemos que son para siempre y que en perspectiva se ven como eso que algún día fuimos y ya no somos más. Si antes el futuro ya era incierto, ahora con la velocidad de los cambios, lo único certero es la incertidumbre de no saber. Antes, nuestros abuelos podían decir que sus hijos iban a ser ingenieros, médicos o abogados. Hoy no podríamos siquiera especular si nuestros hijos serán un avatar.
Hace poco escuché a Fredy Vega, fundador de Platzi decir que la generación Z era una generación perdida, en sus palabras: “los gen z no tienen sexo, viven con ansiedad, viven con depresión, le echan la culpa a todo excepto a ellos mismos. No todos, obviamente, pero estadísticamente es la generación más jodida”. Decía además que: “el resto de la humanidad los va a usar de test y dirán ¡Miren lo que pasó acá! Entonces todos los colegios para el final de esta década habrán prohibido los smartphones en el salón de clases”.
Razón tiene este empresario en señalar que es necesario que hagamos zoom en una generación que tristemente tiene los peores índices de salud mental y encarna un individualismo nocivo que sin darnos cuenta nos está avisando de las terribles consecuencias del uso excesivo de las redes sociales.
La generación Z nació y creció en un mundo que domina la tecnología. El uso de los dispositivos hace parte de sus actividades cotidianas, sus conexiones sociales siempre han tenido una pantalla de por medio y sus referentes son personas que siguen a través de publicaciones. Sumado a una pandemia que nos distanció, esta generación podría servir de prueba para que observemos qué podríamos corregir en el acceso a la tecnología para conservar en nosotros emociones, intereses, conexiones y colectividades que nos permitan evolucionar.
Jonatan Haidt publicó en su cuenta de X, un artículo que ampliaba un hallazgo en el estudio de la felicidad. Mostraba como “ahora son los adultos jóvenes quienes tienen el menor bienestar y el mayor malestar, a nivel global”
Decía Haidt que “vinculando la disminución del bienestar al uso intensivo de pantallas. Esto es mucho más relevante para el debate actual que los estudios que analizan el efecto de pasar de no tener internet a tener internet.” Hay que observar para educar. Sobre todo, los que queremos ver a nuestros hijos siendo adultos felices, sin el estrés y la presión que hoy muchas generaciones padecemos. Observar y tomar decisiones. Hay mucho por aprender en nuestra relación con las pantallas antes de que nos traguen del todo.