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Si no eres una persona libre, entonces ¿quién eres realmente?”, se pregunta David, un líder de 20 años.
Por Aldo Civico - @acivico
Estaba sentado en un círculo en la sala de un hotel en Barranquilla, rodeado por una treintena de jóvenes de todos los rincones del país. La más joven tenía 19 años, y ninguno había alcanzado los treinta. Esta oportunidad llegó gracias a LiberTank, el laboratorio de ideas que promueve los LiderLab: una inmersión de cuatro días donde los jóvenes participantes, más que aprender a liderar a los demás, aprenden a liderarse a sí mismos. La apuesta de estos laboratorios no es construir una plataforma política, ni adherirse a un credo ideológico en particular, ni siquiera promover las ideas libertarias que animan a esta inquieta organización. El propósito es activar en estos jóvenes una mentalidad proactiva y emprendedora, entendida como una actitud hacia la vida.
Se trata, sobre todo, de cuestionarse qué es la libertad, no solo en su dimensión económica, de opinión o de asociación, sino en su sentido más profundo. Es decir, sentir que lo que somos y hacemos en nuestra vida es realmente lo que queremos ser y hacer. Esta es la libertad suprema, que exige liberarnos de creencias limitantes, traumas, miedos y adoctrinamientos que nos reducen a ser una oveja más en un rebaño guiado por otros. En cambio, la aventura de la libertad, con el tiempo, te lleva a ser tu propio maestro, a desprenderte naturalmente de gurús y profetas, especialmente de los falsos. En el camino, solo te encuentras con compañeros de viaje, porque ya no necesitas seguir a nadie. “El que sigue a un hombre libre se convierte en esclavo de ese hombre”, escuché decir al economista español Antonini De Jiménez. “La libertad es un asunto personal e intransferible”, concluyó.
Hambre de libertad suprema: eso es lo que reconocí en las miradas, palabras y gestos de estos jóvenes, muchos nacidos en áreas económicamente deprimidas del país, pero no por ello menos conscientes de su dignidad y potencial. Nadie extendía la mano esperando un subsidio. Más bien, tenían las uñas gastadas por la lucha orgullosa y apasionada para trascender su punto de partida. Como Alfonso, un líder social del Chocó y estudiante de ingeniería, quien me dijo: “Salgo de aquí cuestionado, enriquecido, con una nueva perspectiva hacia la vida.” O Jasbledy, de 19 años, líder en una comuna de Cali, que, siendo niña, padeció el desplazamiento forzado. “Desde pequeña aspiro a transformar mi país, empezando por mi barrio,” me confesó. “Aquí aprendí que lo que nos mantiene atados y pobres es la pobreza mental,” agregó. O Rafael, un joven líder de 20 años de la Guajira, que sueña con ser alcalde de su pueblo algún día. “¿Si no eres una persona libre, entonces quién eres?”, se pregunta. Y sí, ¿quiénes somos si no ejercemos la libertad de autodeterminarnos, de elegir y perseguir nuestro propio y razonable proyecto de vida? Este anhelo de libertad, que hoy marca y anima la vida de una multitud de jóvenes desde Bangladés hasta Colombia, pasando por Venezuela, es lo que nos puede dar esperanza y optimismo para el futuro. Hay con quién.