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Con los años, me estoy volviendo más epicúreo que estoico. Porque la experiencia me dice que es más efectivo evolucionar cultivando el placer epicúreo que la práctica de la virtud estoica.
Por Aldo Civico - @acivico
Éramos un pequeño grupo de amigos en el concierto de Juanes en Estocolmo, justo a finales de junio. El verano nórdico, con una generosidad inesperada, nos había mimado todo el día con sus cálidos rayos de sol. La mágica amalgama de ritmos colombianos, rock y pop de la música de Juanes estaba soltando hasta a los suecos más reservados. En el escenario, el artista paisa se había transformado en un imán con poder chamánico, despertando en nosotros las fibras más sensibles de nuestra esencia. La música de Juanes y su presencia son pura medicina. Era una noche perfecta.
Cuando Juanes terminó de cantar su hermosa A Dios le pido, un amigo comenzó a preguntarnos qué es lo que le pediríamos a Dios. Carla, siempre exuberante, levantó las manos al cielo y, sin dudarlo, gritó: “¡Yo le pido plata!”. Óscar, que está viviendo un buen momento en su carrera, dijo: “Yo le pido éxito”. “Yo, en su lugar, pido amor”, exclamó Luis, quien sueña con tener una pareja sueca. Finalmente, Kate, quien perdió trágicamente a su hijo de solo 17 años hace unos meses, dijo en voz baja: “Yo le pido paz”. Cuando fue mi turno, me di cuenta de que en ese momento lo tenía todo, que no necesitaba pedirle nada a Dios. En ese instante sentí, sobre todo, gratitud. “Yo ya encontré”, les contesté entonces a mis amigos.
Gustav, un exitoso empresario, me miró con estupor y me preguntó: “¿Lo tienes todo?”. “No todo”, le contesté, “pero lo suficiente para estar feliz”. Porque claro, uno siempre puede querer más dinero, éxito, salud, amor. Siempre se puede evolucionar y aspirar a alcanzar niveles más altos de sabiduría y libertad interior. Uno nunca termina de crecer y trabajar en sí mismo. Pero en ese momento me sentí libre de deseos y atajos. Era un instante de puro placer. Creo que Epicuro, uno de los fundadores del hedonismo, hubiera estado de acuerdo conmigo.
Porque el placer no tiene que ver con los excesos y el libertinaje, con los cuales equivocadamente confundimos al hedonismo. Más bien, el placer que nos propone Epicuro tiene que ver con la ausencia de sufrimiento y la tranquilidad del alma (ataraxia). Tiene que ver con la libertad. Es este placer el que nos conduce a la felicidad duradera y a un estado de paz. Es la posibilidad de disfrutar de un concierto en compañía de amigos, de contemplar la variedad de colores en un plato de verduras, de sentir la hierba húmeda bajo los pies descalzos, de recibir un abrazo y dar un beso. No niego que el planteamiento de los estoicos (tan de moda hoy) sobre la importancia de cultivar el autocontrol, el discernimiento, la claridad mental y la aceptación no sean actitudes importantes por desarrollar. Pero con la acumulación de años, me estoy volviendo más epicúreo que estoico. Porque la experiencia me dice que es más sostenible y efectivo evolucionar cultivando el placer epicúreo que la práctica de la virtud estoica. Creo que estaríamos más en paz con nosotros mismos y con los demás al reconocer que nacimos para el placer y no para el sacrificio. Es lo que le podemos pedir a Dios.