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Lo que ocurre en Venezuela es el ejemplo más cercano y evidente de cómo un régimen autoritario ha reducido la democracia a un simple espectáculo, convirtiendo a los ciudadanos en meros espectadores.
Por Aldo Civico - @acivico
En los años noventa, cuando estudiaba Ciencias Políticas en la Universidad de Bolonia, en Italia, recuerdo que los libros de los renombrados politólogos Giovanni Sartori y Robert Dahl eran fundamentales para nuestra formación. Sus escritos nos inspiraban y enriquecían nuestra comprensión de la experiencia democrática y su vitalidad. Rememorando estas ideas, volví a sacar de mi librería la obra más reconocida de Giovanni Sartori, una versión actualizada de su Teoría de la Democracia. Me concentré especialmente en las páginas sobre la distinción entre democracia mínima y máxima. Esta última se manifiesta cuando hay participación ciudadana, pluralismo y respeto por los derechos humanos. Sartori enfatiza que la democracia no puede reducirse al simple gobierno de la mayoría. Reflexiona sobre el papel crucial de la oposición, señalando que solo la competencia garantiza que la democracia sea verdaderamente el gobierno de los ciudadanos. Por otro lado, la democracia mínima es un sistema en el que el único requisito son elecciones libres y justas.
Leí estos libros en la universidad en los años posteriores a la caída del Muro de Berlín, al fin del comunismo y de la Unión Soviética. Fue una época de grandes cambios y profundo optimismo. El ideal de una democracia máxima, en la que los ciudadanos ejercen un alto grado de control sobre sus líderes, parecía estar convirtiéndose rápidamente en realidad. Además, durante esos mismos años, gran parte de la ciudadanía italiana salió a las calles para expresar su resistencia contra la mafia y el régimen de corrupción en el que se había convertido el sistema político. Fue un período en el que surgieron nuevos movimientos y partidos políticos. Fue una época de esperanzas.
No se puede negar que, en las últimas décadas, esta visión de la democracia se ha vuelto más una utopía que una realidad. Hoy, somos testigos del auge de movimientos populistas y soberanistas, donde la democracia se reduce a un mero vehículo retórico para encubrir proyectos autoritarios y restringir la libertad. Lo que ocurre en Venezuela es el ejemplo más cercano y evidente de cómo un régimen autoritario ha reducido la democracia a un simple espectáculo, convirtiendo a los ciudadanos en meros espectadores. El régimen de Nicolás Maduro es un sistema que pisotea sistemáticamente la libertad, la voluntad popular de los venezolanos y los derechos civiles y humanos de sus ciudadanos, torturándolos, encarcelándolos y asesinándolos.
María Corina Machado tiene razón al afirmar que la propuesta de nuevas elecciones en Venezuela es un insulto a la voluntad soberana expresada por los ciudadanos en las elecciones del pasado 28 de julio, así como a quienes perdieron la vida o están privados de su libertad por resistirse a la tiranía de Maduro. Además, invocar el mecanismo democrático de las elecciones para legitimar un fraude y perpetuar un régimen corrupto y tirano es un insulto a los valores y a la esencia misma de la democracia. Hoy, la democracia y la libertad están bajo ataque, incluso en Colombia. Debemos volver a enamorarnos de la democracia y de sus valores; de lo contrario, el costo será muy alto.