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La dirigencia política marcha como el sonámbulo, sin horizonte, deambulando si saber en dónde están sus responsabilidades. Despilfarra esfuerzos y recursos inflando un Estado burocrático e inútil”.
Por Alberto Velásquez Martínez - opinion@elcolombiano.com.co
Cuando el intelectual y pensador Gerardo Molina recibió el doctorado Honoris Causa que le concedió la Universidad de Antioquia en 1980, hizo su discurso para agradecer el homenaje escrutando la historia de la nación. Se preguntaba si en los últimos cincuenta años de República habíamos avanzado o retrocedido. Él mismo se respondía: “Son evidentes los avances en los frentes económico y cultural pero en otros, esencialmente en lo político, asistimos a la liquidación de los partidos, al debilitamiento de la opinión pública, a la pérdida de independencia del parlamento en relación con el Ejecutivo, al deterioro del órgano judicial...”. Deterioro que hoy se ratifica con las cifras escandalosas de impunidad que, según la misma Corte Suprema de Justicia, “superan el 90%”. Un país sin aplicación oportuna y severa de la justicia se acerca al Estado fallido. Un Estado, que según el maestro antioqueño, “se ha desvertebrado, a lo cual ha contribuido el ascenso de una clase política, convertida ya en casta que fabrica elecciones, inclusive con base en la compra de votos, que trafica con las influencias”.
Pareciera que ese ayer de Gerardo Molina se reeditara hoy, pero con una nación moralmente más enferma. Si bien el país nacional ha cambiado, aquel que estudia, investiga, emprende, absorbe la ciencia y la tecnología, el otro, el país político, sigue perdido en los tiempos del decimonónico, con una responsabilidad administrativa degradada, una violencia desmadrada, una corrupción oficial desbordada. Panorama oscurecido por lo mismo que hace 44 años sostenía el maestro Molina en los claustros del alma mater de Antioquia: porque “Estado y sociedad están sin conducción”.
La probidad e idoneidad pública se fugaron de la nómina oficial. Los dirigentes políticos no vienen cumpliendo con el deber de actuar como el hombre útil, el “único ser de la creación que necesita justificar su existencia”. La dirigencia política marcha como el sonámbulo, sin horizonte, deambulando si saber en dónde están sus responsabilidades. Despilfarra esfuerzos y recursos inflando un Estado burocrático e inútil. Un Estado que es grande para el manirrotismo y pequeño para administrar con eficacia y honradez los bienes de la nación. Un Estado incapaz de cubrir todo el territorio nacional e implantar la ley, la convivencia, el orden, el respeto por la honra y la vida de las comunidades. Un Estado populista presidido por un gobernante que divide, que destruye.
Si el maestro Gerardo Molina volviera hoy a los claustros de nuestra alma mater podría repetir aquellas palabras. Solo cambiaría la fecha porque la radiografía sigue siendo similar. El Estado sigue girando sobre su propio eje de ineptitud, más enfermo en lo moral y con mayores frustraciones en sus liderazgos y partidos. Y las complementaría con las que expresó alguna vez al evocar a Gandhi, en lo que el apóstol de la no violencia llamara “los siete pecados capitales que destruyen una sociedad”: la política sin principios, la riqueza sin trabajo, el placer sin conciencia, el conocimiento sin carácter, el comercio sin moralidad, la ciencia sin humanidad y la fe sin sacrificios.