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Colombia sentirá los coletazos de las represalias de la dictadura venezolana contra su pueblo. La ola de migrantes será inevitable. Buscarán aquí refugio desesperadamente. Esa invasión podrá agravar más los altos índices no solo de inseguridad, sino de desempleo que aquí superan los dos dígitos.
Por Alberto Velásquez Martínez - opinion@elcolombiano.com.co
El país conmemora hoy dos años de desgobierno, en buena parte causado por el fracaso de los partidos tradicionales en sostener el sistema. Y se conmemora este fracaso con el “El Robo del Siglo”, maquinado en Venezuela por salteadores de opinión, adiestrados en la corrupción y las atrocidades. Falsificaron las actas electorales para lograr la tormenta perfecta del fraude.
Razón tenía el Libertador, al sostener que si Bogotá era una universidad y Quito un monasterio, Caracas era un cuartel. Y en ese cuartel se asfixia la democracia venezolana por cuenta de unos militares cooptados por la corrupción del régimen dictatorial chavista, con 25 años mandando atrincherados no en la opinión, sino en los fusiles. ¿Selló Venezuela una larga dictadura como la que hace más de 60 años sufre la Cuba de los Castro? En la OEA el papel de Colombia fue deplorable.
En mañosa estrategia, se abstuvo de votar y con ello hundió la resolución que exigía la publicación inmediata de las actas electorales. El temor a que Maduro siguiera su tolerancia y complacencia con los grupos subversivos colombianos que recalan en Venezuela, seguramente fue el chantaje/razón que primó para que se situara en el lado incorrecto de la historia.
La presión internacional de poco ha servido. Confirmaron su validez las palabras de Ortega y Gasset: “La salud de las democracias, cualesquiera sea su tipo y su grado, dependen de un mísero detalle técnico: el procedimiento comicial. Todo lo demás es secundario”. El autócrata manipuló a las autoridades electorales y cumplió su palabra de que si perdía las elecciones, “un baño de sangre puede inundar a Venezuela”. Ya tiene en su débito una buena cantidad de muertos y desaparecidos, así como en su bolsillo la credencial de presidente electo. ¡Y ojo, Colombia, con esta advertencia del filósofo!
Al ejército le ha tocado, como cómplice del tirano, hacer el trabajo sucio enseñado por los barbudos cubanos. Ha perdido la concepción de ser la mejor garantía de paz y la fuerza tradicional del orden, la disciplina y el derecho que constituyen, la última instancia, la única reserva que les queda a los pueblos amenazados por dictadores y anarquistas.
No concibe la patria “como un todo orgánico y menos entiende su misión como la defensa constante y ardorosa de un patriotismo colectivo”. El papa Francisco rompió su silencio con un mensaje anodino. Habló de diálogo sabiendo que Maduro y su banda son sordos para escuchar frases sensatas que conduzcan a acuerdos.
Las palabras del pontífice caen en la misma tierra estéril de la que hablara el fundador de su iglesia hace 2000 años. Le faltó vigor y compromiso, cuando el mundo esperaba tanto de tan reconocido guía. Colombia sentirá los coletazos de las represalias de la dictadura venezolana contra su pueblo.
La ola de migrantes será inevitable. Buscarán aquí refugio desesperadamente. Esa invasión podrá agravar más los altos índices no solo de inseguridad, sino de desempleo que aquí superan los dos dígitos. Una economía débil no es lo más adecuado para resistir el éxodo.