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La foto de Trump con la cara ensangrentada, enmarcada en un cielo azul, la bandera norteamericana ondeando a sus espaldas, y el puño en alto, será el afiche que podría cubrir el féretro político de Biden.
Por ALBERTO VELÁSQUEZ MARTÍNEZ - opinion@elcolombiano.com.co
Los colombianos creíamos que debates electorales como en los que participaron los candidatos presidenciales Gustavo Petro y Rodolfo Hernández, difícilmente se repetirían. El uno, instigador y populista. El otro, fatigado y perdido en las divagaciones del hombre enfermo. Y como espectador, un país nacional confundido, decepcionado de su vieja clase política, hastiado con la multiplicidad de partiditos de garaje que luchaban para subsistir burocráticamente.
Aquellos personajes parecen reencarnarse en los que van a dirimir el pleito electoral en Estados Unidos. Biden y Trump son ejemplos vivos de la decadencia del liderazgo mundial. El mes pasado debatieron frente a frente estos dos seres caricaturescos. Trump, candidato republicano, con su capacidad intacta para echar mano del vituperio y la mentira. Es un imposible cogerlo en una verdad.
El periódico The Guardian le contabilizo más de 75 mentiras e hipérboles en ese primer debate. Desvergonzado, se presentó cargando condenas por diversos delitos que abochornan a cualquier democracia. El otro, Biden, en búsqueda de la reelección, confundido, enredado en sus conceptos. Caminando parece un robot mal construido por inteligencia artificial. Difícilmente sabía en dónde estaba.
Fue, en síntesis, un espectáculo bochornoso que se habría querido el género de la picaresca para hacer reír o llorar al mundo de la literatura política. Si a Biden sus asesores le hubieran recordado la táctica usada en Colombia por Virgilio Barco, quien como él, cargando limitaciones cognitivas e incapacidad dialéctica, le escurrió el bulto al debate presidencial en 1986 con Álvaro Gómez y Luis Carlos Galán, otra sería ahora su situación política.
Ignorando esa experiencia ajena, se le puso de pechito a Trump aun sabiendo que lo molería con las falacias que maneja con gran habilidosidad. Hoy los norteamericanos se someten a escoger en el cáncer y la lepra. La foto de Trump con la cara ensangrentada, enmarcada en un cielo azul, la bandera norteamericana ondeando a sus espaldas, y el puño en alto, será el afiche que podría cubrir el féretro político de Biden. Y sus réquiem serían los lapsus con los que este se pierde para confundir nombres de personajes como los del presidente de Ucrania con el de Rusia, y a su vicepresidenta Kamala Harris con su opositor Trump.
Grandes corrientes de demócratas le piden que se retire de la contienda electoral por no estar en capacidad mental para ejercer la presidencia. Las tres cuartas partes de votantes demócratas –según encuesta de CBS News– le piden que abandone el teatro para señalar a otro con capacidades síquicas de enfrentársele al mitómano Trump. América Latina no se hace muchas ilusiones sea quien sea el candidato ganador.
En el gobierno gringo miran de reojo los destinos de un subcontinente que se extiende desde el Río Grande a la Patagonia. Con algunas excepciones, América Latina no está hoy en la agenda de prioridades gringas. Por eso no es de mayor transcendencia el triunfo del demócrata o del republicano.
Equivale a lo mismo de una doble vuelta, sea por la izquierda o por la derecha, porque finalmente se encuentran en el mismo punto.