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EL ENCARGO INEVITABLE

En este número nos embarcamos a explorar la forma en que miramos la política, casi siempre como un duelo entre izquierda y derecha, y cómo está cambiando la geopolítica del poder global. Y nos preguntamos por nuestras relaciones con los animales, al tiempo que reflexionamos sobre las representaciones de series como Griselda, el cine hecho por mujeres y los nuevos espacios para el arte que se abren en Medellín.

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Creadoras

El Día de la Mujer Trabajadora, que conmemora las luchas de las mujeres por participar en los asuntos públicos y ser tratadas en iguales condiciones a los hombres, también convoca a celebrar la creación artística, a veces silenciosa, de escritoras y poetas.

¿Por qué será que la sociedad de consumo, a estas alturas de la existencia, continúa, como en tiempos pasados, tratando de insinuar que el Día de la Mujer es una celebración de rositas y caramelos? Es una conmemoración de gestas y conquistas en un mundo inequitativo. Pero, bueno, uno sí tiene la respuesta: porque el consumismo, todo lo frivoliza. Despoja de su esencia los hechos, los sentimientos, las creaciones humanas, para que no quede sino la cáscara vana. En este caso, el regalo, la ramplonería, lo que se puede vender y comprar, pero jamás ilumina a los ciudadanos a celebrar la existencia de los seres o halagar la inteligencia.

John Saldarriaga | Publicado

Sabemos que lo que intenta salvar del olvido esta fecha, el 8 de marzo, es el Día de la Mujer Trabajadora. Conmemora las luchas de las mujeres por participar en la sociedad, ser valoradas como seres humanos y tratadas en condiciones de igualdad con los hombres.

Como lo que nos convoca es la literatura, hablemos de escritoras y poetas.

Las escritoras ocultaban hasta principios del siglo XX su condición artística. En el siglo XIX se contaron por docenas las mujeres que escondieron su identidad tras un nombre masculino. Y todo porque el pensamiento dominante era que las mujeres nada tenían que hacer en el arte, la literatura, el deporte, la política, la economía.

Un caso muy sonado es el de las hermanas Brontë: Charlotte, Emily y Anne. Inglesas de la época victoriana, es decir, el tiempo en que imperó la reina Victoria en el Reino Unido: de 1837 a 1901. Este tiempo se caracterizó por la exacerbación del moralismo y la disciplina. Las mujeres debían permanecer sometidas a espacios privados y dedicarse en exclusiva al cuidado de hijos y hogares. Autoras de obras que entraron a la categoría de clásicas de la literatura —Jane Eyre, Cumbres Borrascosas y Agnes Grey— no pudieron ver sus nombres escritos en las carátulas de sus libros, sino los seudónimos Currer Bell, Ellis Bell y Acton Bell, respectivamente, con los cuales al menos mantenían las iniciales de sus nombres originales.

Cuentan los biógrafos que Charlotte envió un poemario suyo al escritor Robert Southey para pedirle opinión sobre su calidad. Este le contestó, entre otras cosas, que “la literatura no puede ser asunto de la vida de una mujer”.

La francesa Amantine Aurore Dupin, la de Indiana y Lelia, aparecía como George Sand; la española Matilde Rafaela Cherner, la de Ocaso y aurora, una novela de tintes políticos sobre la época de Carlos II el Hechizado, como Rafael Luna; la inglesa Mary Anne Evans, la de El hermano Jacob y El molino junto al Floss, como George Eliot; la estadounidense Luisa Mary Alcott, la de Mujercitas, firmó todas las obras anteriores a esta como A.M. Barnar, pero luchó por poner su nombre en la que sería su obra más conocida y lo consiguió; la escritora y periodista francesa, Colette, la de las novelas Claudine y Gigi, fue suplantada por el esposo, Henry Gautier-Villars “Willy”...

En nuestro medio, los ejemplos brotan. Isabel Bunch de Cortés, de Cundinamarca, fue poeta, escritora y traductora, firmaba como Belisa. La antioqueña Isabel Carrasquilla también fue sujeto de discriminación. Su talento encontró barreras en la mentalidad de sus contemporáneos. Incluso Tomás, su hermano escritor, le decía algo semejante a lo que Robert Southey le manifestó a Charlotte Brontë: “la literatura no es cosa de mujeres”. Se oponía a que la ejerciera. Apenas si la aceptaba en tertulias y compartía sus “chifladuras” por el teatro. A pesar de que el autor de Grandeza la llamaba “lumbrera querida”, con lo cual reconocía su capacidad. Con la firma Equis, escribió comedias, coplas, memorias y literatura de viajes. Para apreciar su estilo, leamos un fragmento de Impresiones de viaje escritas por una abuela para sus nietos:

“El mismo día por la tarde, dejamos las costas de Colombia y el barco tomó rumbo hacia Cristóbal. Esta travesía es monótona. Cuando se está en altamar se siente admiración con mezcla de tristeza; será porque se medita en la pequeñez de la nave y en la profundidad del mar y del cielo. Al fin, en la noche del segundo día, las luces del faro nos indicaron la proximidad de la costa. Colón es hoy una ciudad, aunque no muy grande, semejante a los puertos de mar de todos los países: mucho movimiento, mucho comercio, enormes bodegas, pero no tiene nada característico que la distinga. Fuimos a conocer la antigua brecha que abrieron los franceses cuando pretendieron romper el canal, y que culminó con el escándalo mundial que ha hecho época”.

Así, pues, ha sido por la perseverancia de luchadoras en todos los tiempos que las mujeres han conquistado espacios. Pensar que el camino ha sido de rosas y caramelos es trivializar lo complejo. Vivir esta fecha desde la frivolidad es una forma de celebración que discrimina.

John Saldarriaga Londoño

Envigadeño dedicado a la escritura de periodismo narrativo y literatura. Libros de cuentos: Al filo de la realidad y El alma de las cosas. Periodismo: Contra el viento del olvido, en coautoría con William Ospina y Rubén López; Crónicas de humo, El Arca de Noé, y Vida y milagros. Novelas: Gema, la nieve y el batracio, El fiscal Rosado, y El fiscal Rosado y la extraña muerte del actor dramático. Fábulas: Las fábulas de Alí Pato. Premio de la Sociedad Interamericana de Prensa.

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